La Habana

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POSTALES DE LA HABANA

La Habana son turistas admiradores de Hemingway trasegando daiquiris en el Floridita; sin azúcar, como dicen los camareros que le gustaban al escritor de El viejo y el mar. O un mojito con ron blanco, yerbabuena, limón y unas gotas de angostura en La bodeguita del medio, buscando un centímetro libre en las paredes para dejar tu firma. El inmenso jardín botánico, donde van las niñas vestidas de estreno a fotografiarse entre juncos y nenúfares cuando cumplen los quince. La salsa de Van Van o de Manolín junto a las lágrimas negras del son santiaguero y el hasta siempre comandante. Los tríos de guitarra, tres y bongó cantando Guantanamera en el hall del Hotel Sevilla, donde con una guayabera y un sombrero Panamá aun puedes sentirte como un potentado de la época colonial.

La Habana es el museo de la Revolución en la residencia del dictador Batista, un afable guía te enseña el túnel secreto por el que huyó en dirección a Marbella, placentero retiro franquista para el asesino. Paredes cubiertas de fotos en blanco y negro de la gesta de Sierra Maestra y la omnipresencia del héroe gallego, y enfrente del palacete, souvenir encerrado en una urna de metacrilato, el Granma, el yate en el que desembarcaron un dos de diciembre de 1956 aquellos jóvenes que iban a cambiar el destino de sus compatriotas, modernos Ulises de una epopeya antiimperialista.

La Habana son autopistas de cuatro carriles sin tráfico en dirección a los cayos, pasando por Cojímar y Playas del Este, bordeada de fervorosos lemas: Patria o Muerte; Hasta la victoria siempre; y siguiendo por Matanzas y el puerto de Mariel, desde donde los cubanos, robinsones contemporáneos, se embarcan en cualquier artefacto flotador desafiando las corrientes del estrecho de Florida, en busca del paraíso capitalista y los dólares de Miami.

La Habana es el infinito malecón, los niños bañándose y pescando, las parejas paseando de la mano. Las lanchas de pasaje abarrotadas de fieles cruzando la bahía en dirección a Guanabacoa, a pedirle sus favores a la Virgen de Regla, Yemayá para la santería.  El cañonazo del Morro al anochecer. Jóvenes mulatas de pelo bueno y risa fácil meneando sabrosonas las caderas en cines al aire libre el fin de semana. Bebiendo malta Bucanero o cerveza Cristal y soñando con un papirriqui con guaniquiqui. 

Los chalés de Miramar, donde ancianas criollas de piel blanca se balancean en sus mecedoras al atardecer, en el porche, atendidas por mucamas morenas, aguardando la hora de ir a dormir el sueño eterno en su lujoso panteón del cementerio de Colón.

La Habana es el madrileño paseo del Prado, la hermosa decrepitud de la Habana Vieja al atardecer, las bodas de blanco en sábado, las guaguas camello abarrotadas en dirección a Marianao. Cadillacs y Chevrolets recién salidos de La jungla de asfalto. Bicicletas, miles de bicicletas chinas. Grupos de pioneros pañuelo azul al cuello adoctrinados en la causa, nuevos Eliancitos comunistas. Un cuarto con ventilador en el techo y una ventana con vistas a la lujuriosa vegetación. Esa humedad invasora, indolente. Patios de atrás donde los columpios y cenadores han dado paso a corrales de cerdos y gallinas. Mulatos, mestizos, chinos, blancos, prietos, negros más no se puede hablando solos por las callejas de El Vedado, gritándole su alienación al mundo; brigadas de treinta obreros alquitranando dos metros cuadrados de calle enfrente del Capitolio; dos trabajando, el resto apoyados en sus palas, obligados por ley a regalarle unas horas de penalidad al ayuntamiento.

Modernos restaurantes oficiales donde sirven puerco asado con arroz congrí y batido de frutabomba, prohibido llamarla papaya, o paladares ilegales en los que comer caguama, hicotea o langosta, mientras los cubanos de a pie se hartan de hambre y papas. Viejas fabricas de tabaco destartaladas, como la H-Uppman, donde las torcedoras lían hojas de Vueltabajo entre los aromas de los mejores vegueros del mundo.

La Habana es un poema de José Martí, es el Che Guevara en la jactanciosa plaza de la Revolución donde Fidel perdió el paso y se dio de bruces contra la realidad. Colas kilométricas en las tiendas estatales, cartillas de racionamiento, leche en polvo extra para las embarazadas y los niños hasta siete años. Apagones programados. Gasolina en bidones, comprada en el mercado negro. No cojas lucha, mi amor, algo hay que hacer resolver. Ron destilado casero chipaétren con olor a petróleo. Las atestadas calles vaciadas en segundos a la hora del culebrón. Conversaciones a voz en grito de un balcón a otro. Susurros para hablar del tema, del único tema chico, la libertad, porque la policía política tiene ojos y oídos atentos en cada cuadra, en cada esquina, en cada piso de viviendas. La mitad de los cubanos vigilando a la otra mitad. Sexualidad desenfrenada, exuberante y natural como el clima. Tan pronto cae una ducha del cielo como a los pocos segundos sale un sol que derrite el pavimento. La Habana es pura vida en ebullición, palpitante, presurosa y calmada, festiva, única.

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Un comentario sobre “La Habana

  1. ¡Cuántas Habanas!. En cada una de ellas se puede soñar , vivir.sufrir, amar. Y también padecer al barbudo, que parece que se marchara en silencio, aunque con comunicados a la nación.Todas ellas transmiten vida en tus postales.

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