Vida de Nelia

Recuerdo cuando llegó, envuelta para regalo, en su elegante traje de diseño satinado, delicadamente femenino, sensual. Al desnudarla, sentí una punzada de admiración. Tan rozagante, con la piel tersa, sin una arruga, perfumada con esencias de flores primaverales.  Deslumbrante y apetitosa como una manzana madura.

La posé en el lavamanos con delicadeza, y ahí comenzó su declive, manoseada por todos los clientes de la gasolinera. Mecánicos de manos grasientas y uñas negras; rudos camioneros; albañiles de palmas callosas, empolvadas de yeso; maníacos de la limpieza, obsesos que se frotan una y otra vez como si quisieran arrancarse la piel; estudiantes de tacto delicado y fragante; afables amas de casa…y llegaron las primeras arrugas, los pelos incrustados, el descuido, la negligencia. Y el tiempo y el agua hicieron el resto. Ahí está ahora, mustia, apenas una fina lámina de mica, perdida toda su lozanía y juventud, tirada en el lavabo con los días contados.