Sofia Loren, Peter Pan y otros enemigos publicos.

sofia loren

Einstein, disguised as Robin Hood
With his memories in a trunk
Passed this way an hour ago
With his friend, a jealous monk
He looked so immaculately frightful…

Desolation rowBob Dylan
En “I shall be free”, de Freewheelin, el segundo disco de Bob Dylan, escuché por primera vez nombres conocidos en una canción: Mi teléfono no paraba de sonar / era el presidente Kennedy preguntando por mí. / Dijo: “amigo Bob, /¿qué necesitamos para que prospere el país?” / Le dije: “amigo John, Brigitte Bardot, Anita Eckberg, Sofía Loren, / el país prosperará.”…Oh, puesto en un estudio de televisión / cambiaba de canal al numero cuatro / sale de la ducha un futbolista / con un bote de fijador en la mano / mejunje grasiento para niñatos / lo que quiero saber, señor futbolista / es que piensas de Willie Mays y Yul Briner / Martin Luther King, Charles de Gaulle and Robert Louis Stevenson?…
Políticos, predicadores, actrices, actores, un beisbolista, un novelista. Bob iniciaba un camino novedoso en la musica al incluir iconos de la cultura moderna como mitos eróticos o estrellas del cine en sus letras. Comenzaban así a enlazarse las distintas artes que dieron brillo al siglo XX -el cine, la musica pop-rock, el arte abstracto, el surrealismo, personajes populares de todo tipo: gangsters, deportistas- formando un nuevo genero en la escritura y la musica que podríamos denominar como subcultura pop, heredera y deudora de la beat generation. Se distinguen claras reminiscencias de los poemas de Gingsberg -íntimo amigo de Dylan, hace un cameo en el video clip de “Subterranean homesick blues”-, de Ferlinghetti, de Corso, de Kerouac en aquellas primeras composiciones de Dylan, canciones río largas como letanías, garabateadas compulsivamente, anfetaminicas. Y que le revelan como un observador atento a los cambios sociales y sutil indagador del alma norteamericana.

El joven Dylan se había criado escuchando en la radio a Woody Guthrie, que había cantado a personajes literarios como Tom Joad, el vapuleado protagonista de “Las uvas de la ira” de John Steinbeck, y a célebres salteadores como Jesse James; a Johnny Cash; bluesmen como Muddy Waters y Lead belly o Sonny Boy Williamson; a Hank Williams; en todos ellos descubrió historias de gente corriente, historias de amor y desamor, de envidias y deseo, canciones sobre los instintos mas sórdidos y los bajos fondos de la ciudad. Historias que ocurrían en noches de luna, cuchillos afilados y balas perdidas entre borrachos y pendencieros. Historias de prisión, de jugadores, de carreteras y vagabundos.
Dylan quería mostrarnos su iconografía, que era retrato de su tiempo (por ejemplo Lenny Bruce, una necrológica sobre el humorista iconoclasta y faltón: Lenny Bruce está muerto / pero su fantasma aun perdura / Nunca consiguió ganar un Globo de Oro / nunca ingresó en Synanon / Fue un fuera de la ley, eso está claro/ Mucho mas de lo que tu nunca fuiste / Lenny Bruce se ha ido / pero su espíritu aun perdura… y también de la historia de un país conquistado por el poder de las armas de fuego y fascinado con ellas. Tal vez por esa atracción muchos de los mitos de EEUU son forajidos, gente como John Wesley Harding a quien Dylan canta en el LP homónimo de 1967. Un tipo que mató a unas cuarenta personas, entre ellas un sheriff, crimen por el que fue juzgado y condenado, pasando diecisiete años en la cárcel. Al salir se hizo abogado y siguió viviendo hasta que fue acribillado a tiros. O la banda sonora del filme Pat Garrett y Billy the Kid, del 73, dedicado al famoso maleante encumbrado por la épica popular y a su asesino. Uno de sus mas celebrados temas es Hurricane, en el que cuenta la historia de Rubin “Hurricane” Carter, boxeador acusado con pruebas falsas de un asesinato y que sufrió veinte años de prisión: Disparos resuenan de noche en el bar / llega Patty Valentine del piso de arriba / ve al encargado en un charco de sangre / grita: Dios mio, los han matado a todos / Esta es la historia de “Huracán” / el hombre al que las autoridades culparon / de algo que nunca hizo / lo encerraron en una celda / pero una vez pudo haber sido / el campeón del mundo.
Warren Zevon también ensalza las correrías de los hermanos asalta trenes en “Frank & Jesse James”. Y otros cantautores como Elliott Murphy en “And general Robert E. Lee” repasan diferentes personajes de la cultura popular; héroes de cine, de sus lecturas y juegos infantiles: El general Lee, el capitán Hook, Peter Pan, James Cagney y otros.
En España, por contra, el folclore tiraba mas por la traición amorosa, los cuernos y los celos, si había un crimen tenía que ser pasional, nada de negocios, como en la famosa copla “Antonio Vargas Heredia”, que llora su arrebato asesino entre rejas. Si que en el folclore andaluz, por ejemplo, los toreros y bandoleros fueron cantados como héroes del pueblo. Joselito, Manolete, Francisco Alegre, que tienen sus coplas o pasodobles, pero a nadie se le habría ocurrido incluir a un político en una canción. Cierto es que aquellos oscuros funcionarios y tecnocratas del régimen besa -anillos y abrazacristos no eran muy carismáticos ni hicieron nada por nosotros que no fuera jodernos. Y con el generalísimo pocas bromas. Alguna coplilla de carnaval enrevesada y mas o menos explicita por aquello de desafiar a la autoridad pero sin descollar. Era el tiempo del: Tu no te signifiques, hijo. Y a nadie se le ocurriría -y si se le ocurría, la censura no lo permitiría- escribirle una canción a alguno de los criminales mas sanguinarios de la época, como Jarabo o El arropiero. No había épica en “el mal”, el malhechor tenía que llevar su merecido. Sin excepción y sin redención.
Curiosamente, Boney M. , un grupo de música disco alemán prefabricado y que solo actuaba en play-back dedicó una canción en 1979 a El Lute, el famoso quinqui salmantino, el pobre diablo enemigo publico numero uno en los setenta del siglo pasado. http://www.youtube.com/watch?v=6llrz84EG2M También menciona al Lute Joaquin Sabina en “Así estoy yo sin ti” y Estopa incluye “La del Lute” en el disco La calle es tuya. De Boney M. son también Ma Baker ( la sanguinaria matriarca de una familia criminal, interpretada por Shelley Winters en el filme Bloody Mama) y Rasputin.
Puede que el primer tema al estilo de Dylan editado en España -escrito y cantado en catalán- fuera Qualsevol nit pot sortir el sol, en 1975. De Sisa, el estrafalario cantautor que compuso esta hermosa nana mitad lisérgica mitad infantil, por la que transitan mil y un personajes del cine fantástico, del tebeo, de la novela o de la leyenda tradicional como Dracula o el Hombre del saco y que aun hoy muchas madres catalanas siguen tarareando a sus hijos pequeños.

Kiko Veneno, dylanita confeso, sacó en 1992 Superheroes de barrio, en el disco Echate un cantecito. Con el pretexto de una fiesta de disfraces nos cuela su particular relación de leyendas: Joe Jackson, Mozart / Joselito el Gallo / Comandante Ruz / Orson Welles y Rita Hayworth / Bob Dylan y Di Stefano / Fender y Espartaco / Curro Romero y el gordo y el flaco…

Todo compositor de pop-rock que se precie ha incluido a estas alturas del siglo XXI su álbum de cromos, su biografía intima en sus letras. Desde los más inspirados con la pluma como Sabina o Aute hasta los más populacheros como Pereza, que tiran por el lado canalla e ironizan con los superpoderes de los héroes de la Marvel en Superjunkies. Desde rockeros cascarrabias como Ilegales (Que mal huelen los muertos) a sinfónicos como Asfalto (Capitán Trueno). De Tom Waits (Jitterbug boy) a Ramones (Spiderman) http://www.youtube.com/watch?v=nC3__wH10Pw
Y cualquiera de vosotros, si se pone, podría hacer su propia enumeración iconografica, su colección de mitos. Ahí va la mía.
El jabato; Rompetechos; John Lennon; Pumby y Anarcoma; el Capitán Trueno y Sigrid; el Star; Julio Verne; el Ajoblanco; Bob Dylan; Apocalipse now; los Freak Brothers y Mr. Natural; Easy rider; 2001, una odisea en el espacio; Lole y Manuel; Valentina; Pánico en Needle Park; Tintín; Fats Domino; los Rolling Stones. Asterix; Tom Wolfe; Corto Maltés; Duke y el Dr. Gonzo. Yonki; En el camino; Salgari; Paco Ibañez en el Olympia. George Brassens; Bakunin, ni dios ni dueño. Durruti, La bandera rojinegra; Alguien voló sobre el nido del cuco; Triana; Carlos Gimenez y Paracuellos; El padrino; Spirit; las comunas, los hippies; las chicas de Milo Manara; Zachary Swan; Makoki; Nico, Lou y la Velvet Underground; los vagabundos del dharma; el lobo estepario; crimen y castigo; Window pane; Ceesepe; Aguirre, la cólera de Dios; La naranja mecánica. Jeremiah Johnson y un inabarcable y voluble etcétera.

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Sister morphine ¿por qué el doctor no tiene rostro?

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The scream of the ambulance is sounding in my ears
Tell me, sister morphine, how long have I been lying here?
What am I doing in this place?
Why does the doctor have no face?
Sister Morphine. The Rolling Stones: Sticky Fingers, 1971

1930. En un garito de Memphis, un juke-joint (local para negros) saturado de humo y sudor, Charlie Patton canta A Spoonful blues. Una cucharada de blues que te puede llevar a la cárcel: «I’m about to go to jail about this spoonful». Entre el publico, mayoritariamente negro, se mezclan blancos bohemios y otras gentes de mal vivir. Aún faltan tres años para el fin de la ley seca, pero todos trasiegan licores destilados en Kentucky o contrabandeados desde Canadá. La cocaína, la morfina y la heroína que se habían popularizado antes de la ley Harrison de 1914 (prohibición de venta de opiáceos y cocaína sin receta médica) siguen corriendo a raudales, pero ahora discretamente, bajo manga. En el local, dealers y clientes se intercambian dólares y papelinas. Negocian precios y cantidades en jive, el dialecto negro de la zona del delta y Nueva Orleans. Los adictos, sus necesidades y modo de vida sirven de inspiración a bluesmen, folkies y jazz singers.

Durante los años treinta y cuarenta numerosos compositores encontraron en las drogas psicotrópicas una fuente inagotable de historias que cantar. Como Cab Calloway, autor de Minnie the moocher: «He took her down to Chinatown / And he showed her how to kick the gong around». Kickin the gong around, trasunto de fumar opio en slang; también de masturbarse: «kick the gong», en el caso masculino. Louis Armstrong grabó una versión del Kickin the gong around, de Minnie the Moocher y de The Ghost of Smokey Joe, canciones que entrecruzan la vida de aficionados al opio. Cab Calloway compartió escenario e instrumento (la trompeta) durante muchos años con Louis Armstrong en el legendario Cotton Club. Otros bluesmen y jazzmen rindieron homenaje a las sustancias ilegales, tanto a la estimulante y extrovertida coca como al soñador e introspectivo opio y sus derivados.

A veces las referencias son directas, como el archiversionado Cocaine blues, en la que un hombre, Willy Lee, mata a una mujer bajo la influencia del alcohol y la cocaína, siendo sentenciado a noventa y nueve años de cárcel. Todos los cantantes, incluso folkies como Townes van Zandt, Woody Guthrie o Bob Dylan, han tocado y cantado ese «Cocaine, runnin’ round my brain». De este blues se compusieron variaciones con distintas letras, como Take a whiff on me (esnifar) de Leadbelly o Cocaine habit blues de la Memphis Jug Band, cuya letra avisa de los peligros de la adicción: «Cocaine habit mighty bad / it’s the worst old habit that I ever had / Hey, hey, honey, take a whiff on me».

La música sigue su camino, del blues acústico al eléctrico, del ryhtm’ blues al rock and roll. Los años pasan, la industria farmacéutica desarrolla nuevas drogas estimulantes sintéticas como las anfetaminas, repartidas como caramelos a los soldados de la segunda guerra mundial para estimular la vigilia, la atención y eliminar el hambre y el miedo. Ya en 1944 Harry the Hipster Gibson grabó Who Put the Benzedrine in Mrs. Murphy Ovaltine?: «Mrs. Murphy couldn’t sleep / Her nerves were slightly off the bean / Until she solved her problem / With a can of Ovaltine / She drank a cupful most every night / And ooh how she would dream / Until something rough got in the stuff / And made her neighbors scream. Ow! / Who put the Benzedrine in Mrs. Murphy’s Ovaltine?».

Años mas tarde, en 1968, Canned Heat grabaron, en su álbum Booggie with Canned Heat, Amphetamine Annie: «But Annie kept on speedin’, her health was gettin’ poor / She saw things in the window, she heard things at the door».https://www.youtube.com/watch?v=DMzoqpyUbhg

Los sesenta habían llegado, los hijos de la guerra con su flower power, su Woodstock, sus hippies, su Timothy Leary, su Ken Kesey, la universidad de Berkeley, sus drogas alucinógenas, la marihuana…, durante un tiempo, el LSD25 (el alcaloide sintetizado por Hoffman en 1938 del cornezuelo del centeno, un pequeño hongo) y la psilocibina (alcaloide activo del peyote) fueron legales y considerados por algunos psiquiatras y profesores como instrumentos potencialmente terapéuticos en el tratamiento de enfermedades mentales. En la Universidad de Berkeley se consumía ácido en grandes cantidades. Y como siempre que el pueblo organiza una fiesta libre, el Estado tiembla ante el poder de la libertad, y reacciona. Con sus instrumentos represores habituales: ilegalización de sustancias, penas de cárcel por posesión, trafico y venta, etcétera. La libertad individual es una entelequia en un mundo dominado por el poder especulativo de la producción y consumo en masa.

Pero cuando el Estado reprime, la libertad suele encontrar sus propios cauces, sus mercados al margen, y drogas alteradoras de la percepción y la conciencia como el LSD o el Peyote acaban ofertadas en los ambientes juveniles. Y no sólo como droga de meditación o autoconocimiento, sino ya abiertamente lúdicas. El argumento para nuevas temáticas en la música popular está servido.

En el caso del LSD dio lugar no sólo a canciones aisladas, como LSD de los Pretty Thing, sino a toda una corriente denominada rock psicodélico: grupos como Grateful DeadPink Floyd, Soft Machine, Tangerine Dream, The Doors (que tomaron su nombre del famoso libro de Aldous Huxley Las puertas de la percepción), entre otros muchos, son catalogados como psicodélicos. Está claro que todos ellos experimentaron con el LSD. Sin embargo, en las letras es más difícil encontrar alusiones directas a la droga. Las hay más centradas en la experiencia alucinógena, como Tomorrow never Knows, del álbum Revolver de 1966, o Lucy in the Sky with Diamonds, del Sargent Peppers, de 1967, ambos de los Beatles, White Rabbit de Jefferson Airplane, también de 1967, el año del verano del amor o introspecciones en la ritualidad de los nativos americanos como Peyote Healing de Robbie Robertson (The Band), inspirado como tantos otros por las andanzas y los libros de Carlos Castaneda. En 1968 Estados Unidos decretó su ilegalizacion. A Europa llegó en 1971.

Aunque siempre han existido los outsiders, los adelantados, y mientras en casi toda Norteamerica se celebraba el haz el amor y no la guerra, en Nueva York, también en 1967, un oscuro grupo nacido en la Factory de Andy Warhol, la Velvet Underground, ensalzaba la vida marginal de los yonkis. Su lider, el recién desaparecido Lou Reed, un poeta urbano cuyas letras se alejan de aquellas historias moralizantes, exponía con crudeza el amor a la jeringa y sus efectos, como en Heroin: «I don’t know just where I’m going / But I’m goin’ to try for the kingdom if I can / Cause it makes me feel like I’m a man / When I put a spike into my vein / Then I tell you things aren’t quite the same». O en I’m Waiting for the Man, en la que el camello es «El hombre», llega a la hora que quiere, hace esperar, juega con el adicto como el gato con el ratón: «I’m waiting for my man / Twenty-six dollars in my hand / Up to Lexington, 125 / Feel sick and dirty, more dead than alive / I’m waiting for my man». https://www.youtube.com/watch?v=W4VEXl4vsq4

Pocos han sabido contar las historias que suceden en las esquinas más sombrías de la gran ciudad, donde nunca da el sol, en los callejones donde vomitan sus colocones los beatniks, las putas, los travestis, los yonkis. Como en Take a Walk on the Wild Side, del LP de 1972 Transformer, producido por David Bowie. Aquí el camello tiene un nombre peculiar: Sugar plum fairy: «Sugar plum fairy came and hit the streets / Lookin’ for soul food and a place to eat / Went to the Apollo, you should’ve seen ‘em go go go/ They said, “Hey sugar, take a walk on the wild side” / I said, “Hey babe, take a walk on the wild side”». Pero hay una canción de Transformer, Perfect Day, en la que la alusión a la heroína es tan velada que después ha sido grabada por todo tipo de músicos y orquestas, incluso filarmonicas, haciéndola pasar por la historia de un bonito día de asueto en el que ir al zoo a dar de comer a las fieras, luego al cine y después a casa, satisfecho y feliz. En realidad el día perfecto es aquel en que tienes una papela en el bolsillo y una aguja hipodérmica bien afilada: «Oh, it’s such a perfect day / I’m glad I spend it with you / Oh, such a perfect day / You just keep me hanging on / You just keep me hanging on».

En los setenta la heroína vuelve a adquirir una aureola de droga mítica, poderosa, que elimina otras necesidades, dolores y emociones. La droga antidepresiva por excelencia. En el circuito del jazz no había desaparecido, grandes músicos sufrieron la adicción, también artistas del soul y del rythm’ blues, pero por esos años el caballo deja de ser algo marginal para democratizarse como nunca en la historia otra droga habia extendido su uso. Si exceptuamos al alcohol y al tabaco, claro. Y así como hay autores que la elogian, como los Rolling Stones, que en el disco Sticky Fingers, de 1971, además de Sister Morphine, incluían Brown Sugar (nombre que se da a la heroína mexicana, impura y de color marrón), una gloriosa canción que pretendía escandalizar sin moralejas: «Brown sugar, how come you taste so good, / Brown sugar, just like a black girl should»; ZZ Top hablan acerca de ella en otra cancion con el mismo título: «Man, there’s somethin’ make me feel good / and it’s gonna change my life / I gotta have some of that brown sugar, / gotta try it before I die». Otros derivados del opio también han sido tratados por la cultura popular: Codeine de Trampled by Turtles u Oxycontin blues de Steve Earle, por ejemplo.

Por el contrario, los que la sufrieron, si no en sus venas, sí en su banda o amigos escribieron letras más críticas con el abuso de la aguja. Así, Neil Young, en The Needle and the Damage Done (Harvest, 1972), dedicada al guitarrista fallecido en 1971 Danny Whitten, de su primer grupo, Crazy Horse, escribe: «I’ve seen the needle / And the damage done / A little part of it in everyone / But every junkie’s / Like a settin’ sun». Posteriormente Young volvió a tratar el tema de la drogadicción en Tonight’s the Night, de 1973, sobre la sobredosis y posterior muerte de Bruce Berry, roadie de Crazy Horse: «Bruce Berry was a working man / He used to load that Econoline van. / Well, early in the morning / at just about the break of day / He used to sleep until the afternoon».

En 1968, Steppenwolf había grabado una maldición al traficante de drogas duras, The Pusher, en contraposición al dealer de marihuana o pastillas. La canción se hizo mundialmente famosa al sonar durante los créditos de la pelicula Easy Rider: «You know I smoked a lot of grass / Oh Lord I popped a lot of pills / But I never touched nothin’ / That my spirit could kill / You know I’ve seen a lot of people / Walking around with tombstones in their eyes / But the pusher don’t care / Ah if you live or if you die / God damn the pusher» .Otros autores, como Bob Dylan en Mr. Tambourine Man, no fueron tan duros con el camello: «Hey, Mr. Tambourine man, play a song for me / In the jingle jangle morning i’ll come followin’ you». https://www.youtube.com/watch?v=FpnZktNuN-4

Sam Stone, de 1971, compuesta por John Prine, narra otro hecho controvertido: la cantidad de soldados que volvieron de la guerra de Vietnam adictos a la heroína. Sam Stone es uno de ellos, uno de los que vuelve de la guerra con un agujero en el brazo por donde se le va todo su dinero. Con el «Corazón Púrpura y un mono en la espalda»: «Sam Stone came home, / To his wife and family / After serving in the conflict overseas. / And the time that he served, / Had shattered all his nerves, / And left a little shrapnel in his knee. / But the morphine eased the pain, / And the grass grew round his brain, / And gave him all the confidence he lacked, / With a Purple Heart and a monkey on his back»

Un descarnado retrato de la adicción son asimismo Needle of death de Bert Jansch o Carmelita, de Warren Zevon, en la que el protagonista de la historia llega a empeñar su máquina de escribir para pagarse una dosis. Fue grabada por primera vez en 1972 por el canadiense Marshal McLauchlan: «Well, I pawned my Smith Corona / And I went to meet my man / He hangs out down on Alvarado Street / By the Pioneer chicken stand / Carmelita hold me tighter / I think I’m sinking down / And I’m all strung out on heroin / On the outskirts of town». El gran público la conoció gracias a la versión de Willy de Ville: https://www.youtube.com/watch?v=suyt0jQJH_U

De los efectos físicos de la carencia de heroína habla John Lennon en Cold Turkey (“Pavo frío”), otra manera de referirse al mono o síndrome de abstinencia: la temperatura que sube, la fiebre alta, sin ver el cielo ni el futuro: «My body is aching / Goose-pimple bone / Can’t see no body / Leave me alone / My eyes are wide open / Can’t get to sleep / One thing I’m sure of / I’m in at the deep freeze / Cold turkey has got me on the run».
Por supuesto, no todo son historias de ruina y muerte a causa de la droga. Hay canciones que invitan a colocarse con sustancias ilegales, a romper con las drogas estandar del pasado como el alcohol. Por ejemplo, Everybody Must Get Stoned de Dylan: «But I would not feel so all alone / Everybody must get stoned», versionada en Madrid por el alcalde humanista Enrique Tierno Galván, que invitó a los madrileños a colocarse durante las fiestas de San Isidro. También quiere estar colocado (stoned, high) Kris Kristofferson en Sunday Morning Coming Down: «On a sunday morning sidewalk / I’m wishing Lord that I was stoned…».https://www.youtube.com/watch?v=fdMmcciQs8I

La marihuana ha tenido una gran influencia en la música reggae, la música jamaicana heredera del calipso y cuya raíz cultural se hunde en África y en antiguas creencias religiosas. Para los rastafaris, Jáh, su dios, les ha otorgado la marihuana (ganja) como medio de entrar en comunión con él. Y se pasan el día fumados (high), en feliz eucaristía. Peter Tosh, en Legalize it, pide la despenalización con el argumento de que todo el mundo la fuma, incluso los jueces. Y tiene razón: «Singer smoke it / And players of instruments too / Legalize it, yeah, yeah / That’s the best thing you can do / Doctors smoke it / Nurses smoke it / Judges smoke it / Even the lawyers too». El llorado Bob Marley, seguramente el más carismático cantante de reggae, también la solicita en Legalize Marihuana: «Legalize marijuana yeah / Down here in Jamaica yeah / It can build up a failing economy yeah / Eliminate the slavish mentality». Todos los fumadores de maría están de acuerdo con ellos y muchos musicos han dado su opinión sobre el asunto.

Quizá la canción dedicada a una droga ilegal más conocida, la que todo el mundo tararea en cuanto suenan sus primeras notas, sea Cocaine, ella no miente, de J. J. Cale, también desaparecido en julio del 2013. En la versión de Eric Clapton: «She don’t lie, she don’t lie she don’t lie cocaine».

Ya conocéis el peligro. Ahora, es vuestra elección subir el volumen del tocadiscos al máximo y dejaros arrastrar al margen sombrío de la ciudad o quedaros en el lado soleado de la calle, donde las criaturas temerosas de Dios rezan para que sus hijos no recorran el camino salvaje que antes callejearon ilustres cadaveres como el de Johnny Thunders.

 

El pensamiento ñoño

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Hay toda una generación que llegó a Internet sin instrucción, que nunca estudió filosofía ni leyó libros, que ante cualquier duda acude a wikipedia como consultor de cabecera. Una generación a la que resulta fácil dar gato por liebre. Una generación que adora a Jodorovsky, ese fatuo que fue un buen guionista, que trabajó con Jean Claude Carriere, con Moebius y que un día cayó en la cuenta de que la charlatanería da mas dinero. Personas aparentemente sin taras que se dejan abducir por frases redondas bien enmarcadas y coloreadas que simulan pensamientos profundos, aunque en realidad contienen obviedades de a céntimo la docena. «Un camino de mil millas comienza con un paso». Nos ha jodido Benjamín Franklin ¿se te ocurrió a ti solo? Dice Paulo Coelho, un presunto escritor que parece tener recetas para cualquier congoja, que «Si tienes un sueño, TODO el universo conspira para que lo consigas». Ya. Puedo intuir los sueños que acompañan a los millones de refugiados que viven en tiendas de campaña en zonas desérticas, tan lejos de cualquier mensaje motivador de estos sabios de la autoayuda como si vivieran en otro planeta. Imagino que los niños famélicos de Etiopía sueñan cada noche -si el estomago vacío les permite dormir- con cuencos rebosantes de arroz, aves asadas, frutas, seguramente en sus hambrientas pesadillas ven ríos de aguas apetecibles y transparentes  pero a la mañana siguiente, ni el universo, ni dios, ni la ONU ni la FAO han conspirado para traerle el desayuno. ¿Que soñaran en Swazilandia, con una esperanza de vida en torno a los cuarenta años y en el que el treinta por ciento de la población está infectado por el virus del SIDA?
Coelho, Bucay y compañía saben a quien sacarle los cuartos, que tipo de inválidos mentales necesitan de sus muletas para caminar. Amas y amos de casa del primer mundo, aburridos en su vida de extrarradio,  nevera abarrotada y par de coches en el garaje, siempre al borde de la depresión porque no saben que hacer con sus vidas. Necesitan que alguien les anime y les diga ¡carpe diem! Pero no puedes levantarte cada día pensando que es el último, esa intensidad no la soporta nadie. La vida está hecha de contrastes. Los días buenos son tan importantes como los malos, dormir es tan trascendental como estar despierto, llorar es tan valioso como reír. Uno no puede estar siempre optimista, disfrutemos cada segundo, tu vida es irrepetible, quierete para que te quieran, cada día nacemos de nuevo…una vida es una vida y se vive como se puede, no como se quiere, ya se encarga ella de enseñarte como es la cosa. Puedes estar comiendo la mejor langosta del mundo en un chiringuito del Caribe, en bañador, los pies descalzos masajeados por arena de coral, la cerveza tan helada que la botella suda, el sonido de las olas acariciando la playa, cuando de repente un retortijón te apuñala, te dobla por la mitad, corres al váter y devolverás al mundo la misma deposición apestosa de siempre. Lo que digo, la naturaleza se encarga de recordarte de que estas hecho y que, como los electrodomésticos, tienes tu obsolescencia programada.

No se si me entiendes, claro que uno querría estar con una sonrisa estúpida en la boca el mayor tiempo posible,  pero a veces la almorrana duele y sangra, tienes que ir al oculista a graduarte las gafas porque no ves un pijo, el espejo te devuelve una frente cada vez mas amplia y has dejado de necesitar el peine, tu instrumento no se afina tan a menudo como antes…«Primum vivere deinde philosophare» decía Seneca. Aunque una cosa es la filosofía, que intenta probar y demostrar algo antes de darlo por cierto y otra idear proverbios que simulen tener un  razonamiento detrás, cuando en realidad sólo hay un pensamiento ñoño que quiere convencernos de que si piensas en cosas buenas y positivas, solo te ocurrirán cosas buenas y positivas. El esoterismo, la magia, el misticismo, salen de un afán de  explicar la vida en términos fácilmente entendibles para cualquiera. Los filósofos, en cambio, reflexionan y argumentan, no se basan en la superchería. Juro que hace poco en casa de unos conocidos vi que tenían en una alacena unos frascos con agua etiquetados con estados de animo como felicidad, bienestar, suerte. Según ellos, la etiqueta transmite al agua la cualidad -no me explicó como, si por ósmosis o por proximidad- y al beberla, pasa a ti. Así conseguirás alegría, vitalidad, salud. ¿Como personas con estudios superiores pueden tragarse tamaños fraudes? Porque el pensamiento ñoño da mucha tranquilidad, no hay nada que explicar porque no tiene explicación, es así y punto. Al fin y al cabo, esas frasecitas me están hablando a mi, me están diciendo que me levante del sofá, que la vida está ahí fuera: el amor, la amistad, la fortuna, el éxito, solo esperan a que yo salga y le sonría a la vida. Pero, joder, si es que estoy muy agusto comodamente sentado leyendo una novela, pa qué cojones me voy a mover ni salir a la calle. Sal tu y ya me cuentas.

El hijo del torero (Homenaje a Paquiro)

CARLOS HEVIA FERNÁNDEZ

El hijo del torero (Homenaje a Paquiro)

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«Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco en punto de la tarde»
 Federico García Lorca: La cogida y la muerte

Mi padre fue torero. No de los que salen en las revistas del corazón, perseguidos por paparazzis y mozas casaderas. Toreó algunos becerros en festivales benéficos con el apodo de Paquiro. Siempre en favor de causas sociales, la Cruz Roja le concedió la medalla de oro por su trabajo desinteresado. Yo no llegué a verlo torear, ya se había cortado la coleta cuando tuve edad de ir a los toros, pero seguro que se llevaría más de un revolcón de las vaquillas que lidió. Y se pasaría más tiempo tomando el olivo y a salvo en el burladero que dando pases. Tenía valor. Yo lo vi torear de salón, y lo hacía con un temple inigualable. Claro que “de salón” las astas del toro no embisten.
La primera vez que fui a los toros tendría diez u once años. Habían montado una plaza portátil por las fiestas de San Juan. No recuerdo los nombres de los matadores. Primero salía el Bombero Torero, un enanito que simulaba torear una vaquilla. Por supuesto, la pelea era tan desigual que el enano sufría un atropello tras otro, provocando la risa floja en niños y adultos. Cosas de la época. Por entonces, algunas atracciones de feria aún parecían salidas de Freaks, la película de Tod Browning. Junto a los espejos deformantes y las casetas de tiro se exhibían la Mujer Serpiente o el Hombre Más Alto del Mundo. Y Kaniska sosteniendo en difícil equilibrio una silla con la nariz o un poste de la luz con el mentón. También resistían aún los gobernadores civiles, los alcaldes nombrados a dedo y los procuradores en Cortes elegidos por el Movimiento. El franquismo conformaba la mayoría social del país. Contra los díscolos se afanaban la Brigada Político-Social y los grises, con su uniforme acorde a los tiempos. Tiempos en los que se cerraban bares y discotecas en Semana Santa; en los cines se proyectaban Ben-Hur o Los diez mandamientos y el recogimiento era obligatorio. Aunque las normas están para romperse y más en una dictadura.

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Cuando el enano terminó de dar volteretas por la arena, empezó el festejo “serio”. Todo me fascinaba, menos el olor de los farias. No soporto los puros; siempre recordaré una tarde en el fútbol en que me puse malísimo tras aguantar todo el partido a un tipo echándome el humo en la cara. Acabé vomitando la comida, el desayuno y creo que la cena del día anterior. Decía que me hipnotizó la liturgia de la corrida. El paseíllo, los trajes de luces, el toro, unos ritos en cierto modo comparables a una misa o a un auto de fe. Con los tiempos medidos; la apertura del chiquero, el toro invadiendo el albero con toda su fuerza y energía intactas, el torero iniciando la faena con el capote, a portagayola o dando verónicas, largas cambiadas -papá iba explicando cada parte de la ceremonia, cada lance del arte de Cúchares-, hasta que la trompeta marcaba el cambio de tercio y salía el picador a caballo escoltado por el monosabio, curioso nombre. Siempre encontré particularmente desagradable la labor del picador, me parecía que se ensañaba con el toro sin necesidad. Papá decía que el toro se crece con el castigo y que había que mermarle las fuerzas para la siguiente faena, la de muleta. Aunque antes, unos subalternos -los banderilleros- le clavaban unos palos puntiagudos en lo alto del lomo, intentando acertar en un lazo de colores que el toro lleva prendido en la piel, la divisa de la ganadería. En la muleta está la verdad, decía Paquiro, que se sabía todas las frases hechas que el toreo ha ido popularizando a lo largo de los años y los siglos. Y en los naturales -torear con la mano izquierda- es donde se distinguen los buenos toreros de los mediocres. “La izquierda no engaña”, era su lema. Se podría vender hoy a un partido político si no fuera mentira.
Paco Hevia, la memoria taurina de Mieres. Hasta ahí, el tipo del traje de luces había sostenido la muleta recta con una espada de madera, pero al son de los clarines, se acercó al burladero, se lavó las manos y cambió el juguete por uno real, de acero cortante y afilado. La hora de la verdad, de matar al noble animal. Formando una estampa de cuadro el torero levantó la espada y atravesó al toro con ella clavandola en el hoyo de las agujas. Paquiro explicaba cómo tenía que estar el toro para poder entrar a matar. Cuadrado, con las cuatro patas juntas y la cabeza agachada. Valoró la estocada como casi entera. El toro aún dio unas cuantas vueltas sobre sí mismo, resistiéndose y aculándose en tablas, hasta que cayó al suelo entre estertores y mugidos. Un subalterno vino con un verduguillo y lo descabelló. El toro quedó tieso como la estatua de un dictador derrocado. Aplausos, vuelta al ruedo, gente entusiasmada arrojando flores y botas de vino a su paso. Unos peones engancharon el cadáver a una pareja de caballos enjaezados que lo arrastraron hacia el toril dejando un rastro de sangre por el ruedo. Olía a matadero.
Cuando salimos de la plaza, me ardían la cara y las orejas. Me sentía desconcertado. No sabía si me había gustado o no. Sé que en algunos momentos cerré los ojos por instinto. Nunca volví a pisar una plaza de toros para ver una corrida. Sin embargo, me senté muchas veces ante el televisor con Paquiro para verlas. Recuerdo cómo nombraba cada toro por el color de su capa o por la forma de los cuernos. “Ése es corniveleto”, decía cuando salía un toro con las astas parecidas a las de un buey africano. O berrendo, bragado, botinero. Y así me fui aficionando, aunque hoy pienso que más por admiración y cariño a mi padre que porque lo disfrutara con su misma pasión.

Creo que el secreto estaba en que nunca miré a los ojos a un toro. No era más que un animal criado para morir en las fiestas del pueblo. Repetía para mí mismo y en discusiones entre taurofilos y antitaurinos los lugares comunes protaurinos: el toro de lidia sólo existe gracias a la fiesta de los toros; lleva una vida mucho más feliz en la sierra que la de los terneros estabulados para producir leche o carne; hay que ser muy valiente para ponerse delante de un toro y lidiarlo; el toro tiene su oportunidad de defenderse e incluso de matar a su contrincante. Justificaciones acuñadas a lo largo de los años por quienes se lucran con tan lamentable espectáculo, que son muchos. Apoderados, ganaderos, cuadrillas, peones…, todo un negocio montado alrededor de la tortura y ejecución pública de un animal que nunca nos haría lo mismo a nosotros. A los que nos llamamos cultos y civilizados.

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Porque cuando uno hace abstracción del rito, no ve arte en los lances ni valentía en el torero. Ve dolor físico, tan intenso que nosotros no podríamos soportarlo de manera tan honrosa. Y siente la agonía del animal que no entiende por qué le martirizan. Y la sangre resbalando lomo abajo, brillando roja al sol de la tarde, es la confirmación de la poca humanidad que hay en esa diversión. Soy un depredador, un carnívoro, y como tal, entiendo la vida salvaje. La supervivencia en el límite, donde aún hay que cazar para subsistir, donde no hay supermercados y el hábitat es el proveedor. No hay nada grandilocuente ni festivo en matar para comer y, por supuesto, nunca hay ensañamiento con la víctima. En el toreo, por el contrario, se ha sublimado el martirio. Picas, banderillas, estocadas, descabello, pinchazos, verduguillos: al toro se le apuñala una y otra vez para que no pueda defenderse, para debilitarlo, para desangrarlo poco a poco. Y a eso le llamamos arte. Puede que en su acepción como conjunto de reglas para ejecutar bien algo, como El arte de la guerra de Sun Tzu, no desde luego en la más común de manifestación de la particular visión de lo real o imaginado expuesta con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros.
Invito a quienes aplauden a ese tipo embutido en su traje de colorines mientras se pasea ufano alrededor del ruedo mostrando al tendido una oreja recién amputada, aún caliente y temblorosa, a que, cuando salga el siguiente toro, lo miren a los ojos fijamente durante unos segundos. Notarán su angustia, percibirán su miedo, y quizá ya nunca vuelvan a disfrutar de esa pena de muerte ejecutada sin piedad a las cinco de la tarde. A las cinco en punto de la tarde.

Mal dadas: ellos no bailan mucho

NEVILLE

Mal-dadas

They Don’t Dance Much es una novela de James Ross de 1940, revisada por su autor en 1968 y publicada por primera vez en España en el 2013 con el título de Mal dadas (Sajalín Editores). El título original en inglés y el elegido para su edición en castellano nos alertan antes de leer la primera página de que las cosas no van a ir bien. Sea cual sea el negocio en el que sus protagonistas se enreden.

En plena Gran Depresión, Jack McDonald, un algodonero arruinado que aún debe el dinero del entierro de su madre, se asocia con Smut Milligan, un tipo sin escrúpulos criado en orfanatos y hogares de acogida. Alrededor de una vieja gasolinera y un taller mecánico levantan un restaurante, una sala de baile y unas cuantas cabañas para hospedar viajeros, a la vez que venden alcohol  de moonshiner y organizan partidas de póker clandestinas…

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Walter White: deseo de un ansia feroz

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La Odisea de Walter White

Bebés paregóricos del mundo, uníos. No tenemos nada que perder, solo nuestros Traficantes. Y NO SON NECESARIOS.
Mirad, MIRAD bien el camino de la droga antes de viajar por él y liaros con las Malas Compañías.
Palabras para el que sabe.

William S. Burroughs: El almuerzo desnudo

Todo el mundo sabe de que va Breaking Bad. Cuando comentas con cualquiera en un bar que estas enganchado a la serie de Vince Gilligan, aunque él o ella no la sigan, responde con un: Ah, ya se, la del profesor de química con cáncer terminal que se pone a fabricar droga. Y si, ese podría ser un resumen. Pero hay mas. Mucho mas. La transformación de ese honrado padre de familia desafortunado al que unos socios sin escrúpulos chulearon una patente que les ha hecho millonarios, mientras él se deja la salud trabajando setenta horas a la semana. Un superviviente más de clase media, casa en las afueras, coche de gama baja. En el país de las oportunidades, del hacerse rico trabajando duro, ha llegado a la madurez sin un dólar ahorrado. Su mujer, aparentemente mas lista, mas atractiva y con mas personalidad, se queda embarazada, un embarazo inesperado y seguramente indeseado. Un hijo discapacitado completa el cuadro. Y Walter empieza a toser. Diagnostico: Cáncer de pulmón. Tratamientos, quimioterapia, radio, con eso podría tirar unos pocos años. No hay mas. Ahí aparece en escena Hank, su cuñado, un agente de la DEA casado con la hermana neurótica de la mujer de Walter, que invita a este a una redada en un laboratorio ilegal de metanfetamina. Por casualidad ve huir a un antiguo alumno por una ventana, le sigue y le ofrece, mas bien le obliga a fabricar juntos el material. Necesita mucho dinero. Primero para los tratamientos y luego para dejar a su familia sin apuros económicos cuando el no esté. Al menos, esa es su primera coartada.

La metanfetamina no es una sustancia glamourosa. No es ese carísimo polvo blanco que circula por salones y saraos esnifada con cucharillas de plata que hace mas sociable al tímido, mas gracioso al desagradable, mas brillante al inteligente, mas creativo al diseñador. Es una droga barata, de suburbio, juvenil, universitaria. Para bailar pogo dejándose llevar por el ruido del grupo local punk de moda. Para tirarse días y noches vagando por antros infectos con musica a diez mil decibelios entre tipos marginales y chavales de marcha. Y Albuquerque (Nuevo Mexico), con su universidad, contiene miles de potenciales clientes.

Pero algo hace que Walter White, el profesor de química apocado, se decante por ella. Es fácil de elaborar. Cualquier estudiante de tercero de químicas puede producirla sin demasiados problemas. Walt tiene los conocimientos necesarios para sintetizarla pura, siempre y cuando consiga los precursores con la suficiente calidad. Por supuesto, en cuanto se introduce en la fabricación y contrabando de sustancias ilegales, se esta metiendo en un terreno muy peligroso, dominado por bandas letales que no le van a dar facilidades. Y que no tienen reparos en matar, torturar, secuestrar o sobornar.

Desde que comienza en el oscuro negocio, se intuye un final trágico. La ascensión y caída de un antiheroe pos-moderno. Porque según se adentra en ese sendero incierto, lúgubre, la maldad se va apoderando de Walter White. Y le deslumbra. Se inventa un álter ego, Heisenberg, quizás para despistar a la DEA, quizás para otorgarse una personalidad nueva, acorde con su nuevo estatus de señor de la droga, que nos fascina y aterra a la vez. ¿Por qué sentimos esa atracción por un tipo que se muestra a cada capitulo más y mas envilecido? ¿Por qué después de verle envenenar a sangre fría a un niño aun seguimos admirándole? Al final de su odisea, ha llegado a darnos mucho miedo, pero seguimos sin querer que le pille la policía. ¿Que es lo que nos hace identificarnos con él? ¿La enfermedad terminal, la excusa que repite como un mantra para si mismo y para su mujer de que lo hace para dejar a su hijo paralitico cerebral y a su preciosa bebita con el riñón cubierto y que cualquiera subscribiríamos?

No. Rotundamente no. Lo cierto es que lo que nos atrae es el lado oscuro. El poder. Aplaudimos con satisfacción cada pequeña victoria suya sobre los capos de la mafia local o sobre los señores de la droga mexicanos. Sudamos de ansiedad con Walt cuando consigue escamotear un micrófono en el mismísimo despacho de Hank, a la sazón jefe de departamento antidroga. Respiramos fuerte cada vez que logra esquivar una encerrona, cuando parece que está perdido y encuentra una salida. Entendemos que haga volar por los aires a Gus y nos maravillamos con la inteligencia y refinamiento de sus planes. Que para colmo salen bien una y otra vez. Puede que no olvidemos su cancer y eso nos ayude a no sentirnos del todo mal con lo bien que nos cae semejante tipejo, abducido y desbocado en un tobogán de abyección imparable.

Nos maravilla ese feroz individualismo de quien ve que sin dinero la sociedad te da la espalda . Que esa sociedad que te pide solidaridad, implicación, te tira en una cuneta si te falla la salud y tu cuenta corriente se ha quedado parada. Y Walt explota al verse vencido y decide instalarse en los margenes. Y sobrevivir a costa de quien sea y como sea. Cualquiera haríamos lo mismo. ¿Lo haríamos?

A medida que Walt se introduce en ese submundo, las capas de maquillaje se cuartean, los disfraces se caen y queda el hombre desnudo. Sin parapetos. Su yo frente a si mismo y su destino. Intenta conservar hasta el final la farsa del altruismo, pero en realidad, está vengándose. Y la venganza es deliciosa. Tendrá que reconocer que esos meses como rey de la droga han sido los mas lúcidos e intensos de su vida, en los que se ha sentido mas eufórico, mas dueño de su destino.

Un error mitad soberbia, mitad descuido, precipita su caída. Pero incluso en ese momento, cuando intuimos que ya nada podrá detener la maquinaria de la justicia, que el juego ha terminado, seguimos apretando los puños y deseando que Walt se salte el control de carreteras, que huya…

Los personajes canallas siempre nos han cautivado. Ya sean médicos drogadictos sarcásticos y superdotados o alcaldes corruptos. Mafiosos o polis antidroga pueden hechizarnos a la vez que nos provocan repulsión. Pero en la mayor parte de los casos, nos produce placer ver su declive. Esperamos con ansia que llegue su Nemesis. No nos importa que su imperio se desmorone. Con Walter White no. Deseamos que todo le salga bien. Siempre.

Ser o no ser: esa es la cuestión.

NEVILLE

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Bebés paregóricos del mundo, uníos. No tenemos nada que perder, solo nuestros Traficantes. Y NO SON NECESARIOS.
Mirad, MIRAD bien el camino de la droga antes de viajar por él y liaros con las Malas Compañías.
Palabras para el que sabe”.

William S. Burroughs: El almuerzo desnudo

Todo el mundo sabe de qué va Breaking Bad. Cuando comentas con cualquiera en un bar que estas enganchado a la serie de Vince Gilligan, aunque él o ella no la sigan, responde con un: Ah, ya sé, la del profesor de química con cáncer terminal que se pone a fabricar droga. Y sí, ese podría ser un resumen. Pero hay más. Mucho más. La transformación de la vida de Walter White, un honrado padre de familia desafortunado al que unos socios sin escrúpulos chulearon una patente que les ha hecho millonarios, mientras él se deja la…

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Sancristo de las farmacias: rockero, yonqui y español

NEVILLE

Strong-Rosa-harto-de-Todo-w

«He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa, cabezas de ángel abrasadas por la antigua conexión celestial…» (Alleng Ginsberg: Aullido)

A finales de los 60 y principios de los 70, la dictadura da los primeros síntomas de agotamiento. Sus hasta entonces sólidos diques de contención se resquebrajaban como una presa con aluminosis. Cada vez resultaba más difícil para la hipócrita censura cerrar las fronteras y empezaban a entrar al país libros y discos prohibidos. La edición de On the road, de JackKerouac, de la editorial mexicana Losada, o el disco de Paco Ibáñez en el Olympia de París alternaban de casa en casa y de mano en mano como reliquias, igual que años antes peregrinaba una talla de Santa Gema Galgani ante la que las…

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Bobos, profundos y malditos

Bumbury y Panero

 

He vivido entre los arrabales, pareciendo
un mono, he vivido en la alcantarilla
transportando las heces,
he vivido dos años en el Pueblo de las Moscas
y aprendido a nutrirme de lo que suelto.

El Loco. Leopoldo Maria Panero.

 

En vida, Leopoldo Maria Panero fue un tipo incomodo, el pariente con quien nadie quiere sentarse en la boda de un familiar, el poeta famoso a quien nadie leía, pero al que los modernos invitaban a sus kermesses para comprobar in situ como es la locura creadora, cuan grande el desatino de una mente difusa. Al verlo llegar, con su cara de manicomio franquista, musitaban un piadoso “pobrecillo, que desmejorado está” y después se situaban cómodamente en la butaca a aplaudir los balbuceos de un muerto. Leopoldo Maria llevaba muerto y enterrado muchos años, aunque su iglesia gustara de desenterrarlo de vez en cuando y llevarlo en procesión a vía crucis en misas ateas donde le coreara un público de dandis, profesores de literatura y diletantes. Aunque no tuvieron demasiadas oportunidades de pasearle ni aplaudirle; el último Panero, el superviviente de una saga devastada, no se dejaba, era un tipo íntegro que se negó a convertirse en fenómeno maldito, en atracción morbosa de feria. Y en estos tiempos de literatos de pega que firman libros que otros escriben, sus poemas, relatos y ensayos son abrumadoramente suyos, no de negros de editorial.

El deber del poeta es explicar la vida, esta putada con fecha de caducidad, tratando de embellecer la podredumbre que nos acecha desde los rincones oscuros, donde no llega la luz de las farolas. Algunos como Leopoldo se meten demasiado en el papel y solo escriben sobre la ruina, la depravación y la muerte. Seccionando cortes cerebrales, buceando en los pliegues secretos, sorteando la incomunicación, hiriéndonos con sus visiones.

Puede que fuera tan buen lector de poesía como poeta; sin embargo, nadie le llamaba para hablar de poesía, le querían tener delante para sentirse reconfortados ante la ruina mental de un lunático medicado durante décadas. Incluso se permitían frivolizar preguntándole sobre el manicomio, como si fuera el hotel con vistas al mar en el que vivía sin complicaciones, asistido por mayordomos que le traían el Haloperidol mezclado con Vega Sicilia a las horas precisas.

Nadie quiere vivir en un psiquiátrico, no es posible hacer abstracción de lo que te rodea. Porque lo que te rodea son seres humanos defectuosos, de miradas turbias por las camisas de fuerza químicas que les consumen, neurolépticos y antipsicóticos en el desayuno, la comida y la cena. Te rodean suicidas que lo intentan una y otra vez, esquizofrenicos visionarios a los que visita la virgen Maria para entregarles cruciales mensajes de salvación que nadie quiere escuchar. Aparcados como coches rotos en un desguace en las afueras. Esa era la familia de Leopoldo Maria. Y supongo que también su inspiración.

Hay poetas “oficiales”, algunos distinguidos con solemnes condecoraciones y premios, entregados por reyes y ministros. Citados por políticos analfabetos para presumir de intelectualidad –Aznar mencionaba a Luis Cernuda, Zapatero a Antonio Gamoneda-. Nadie se acercó nunca a hacerse una foto con Leopoldo M. Panero, ajeno a las convenciones sociales, conversador tumultuoso y desquiciado, fumador compulsivo, molesto.

Ahora que por fin es << alguien que ha muerto quien sabe hace cuanto, en que ciudad, entre marineros ebrios >>, ahora que se fue el personaje y queda solo su literatura, puede ser un buen momento para, al menos, hojear sus escritos. Su croupier del Missisippi, su Pavane pour un enfant defunt, cualquiera de sus fieros poemas tan descriptivos, tan irremediablemente suyos.

NEVILLE

Bumbury y Panero Enrique Bunbury y Leopoldo María Panero

En vida, Leopoldo María Panero fue un tipo incómodo, el pariente con quien nadie quiere sentarse en la boda de un familiar, el poeta famoso a quien nadie leía, pero al que los modernos invitaban a sus kermesses para comprobar in situ cómo es la locura creadora, cuán grande el desatino de una mente difusa. Al verlo llegar, con su cara de manicomio franquista, musitaban un piadoso “pobrecillo, qué desmejorado está”, y después se situaban cómodamente en la butaca a aplaudir los balbuceos de un muerto.

Leopoldo María llevaba muerto y enterrado muchos años, aunque su iglesia gustara de desenterrarlo de vez en cuando y llevarlo en procesión a vía crucis en misas ateas donde le coreara un público de dandis, profesores de literatura y diletantes. Aunque no tuvieron demasiadas oportunidades de pasearlo ni aplaudirlo; el último Panero, el superviviente de una saga devastada…

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El fútbol de los ricos

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Vaya por delante que me gusta el fútbol. Dentro de un orden, eso si. Quiero decir que para que yo viera un Eibar vs. Almería, por ejemplo, tendrían que atarme a una silla y sujetarme los parpados con fórceps como al viejo y querido drugo Alex en La naranja mecánica.

Me gustan algunos partidos y determinados equipos. Cuando se están jugando un título, un pase a una final, cuando hay emoción en el juego. Y me gustan más los equipos energéticos, como los de Mourinho o Simeone, que parece que se han pasado con las vitaminas, que los pausados a los que se les ha ido la mano con la tila, como los de Guardiola o Del Bosque. Aunque ni el clásico Madrid-Barça lo aguanto sin tener entre manos alguna otra distracción: un periódico, el smartphone para mirar el feisbuk o un problema de ajedrez con el desenlace de una partida de Kasparov contra Karpov, pasatiempos. Se me hacen largos los partidos, me pasa como con las películas de Lars von Trier, les sobra media hora, generalmente la media hora en la que parió el argumento. El domingo intenté ver en directo el enésimo partido del siglo, pero no encontré una pagina pirata con una señal potable, todas se atascaban más que el baño de un instituto, así que tuve que esperar al resumen en diferido. Lo cual es una ventaja, ya que expurgan todo el sobrante del fútbol, que es mucho -los tiempos muertos, las discusiones, las faltas, los saques de puerta, los de banda, los cambios- y se centran en lo trascendente.

Y veo a Messi robando un balón en el área rival, como un pícaro de barrio, de potrero que le dicen allá en la Argentina ¿no es sierto?, pegarselo al pie y correr en paralelo a la portería sorteando un destacamento de defensas, en una décima de segundo frenarse, encarar a portería y marcar gol. Una maravilla, parecía imposible encontrar ese pasadizo por donde se cuela Leo, pero es Leo.

Acto seguido, Di Maria, desenfrenado, dribla a todos los rivales que se interponen en su camino, alcanza linea de fondo y centra, Benzema se desmarca, acierta a parar el balón con el muslo y dejárselo para volear hasta el fondo de la red con el pie derecho. Dos delicatessen de las que han hecho tan grande este juego. El resto es hojarasca.

Lo que no acabo de comprender es que se pueda ser del Madrid o del Barça no habiendo ido desde pequeñín al Bernabeu o al Camp Nou. No entiendo la identificación con los ricos. Los ricos, por definición, tienen que caer mal. No oirás a nadie decir que sigue a Amancio Ortega o Fernando Roig y no se pierde ni una inauguración de Zara o Mercadona, que aplaude a rabiar en cuanto el obispo riega con su hisopo el local bendiciéndolo (lo de regar con el hisopo es en sentido literal, no figurado). Los muy ricos están ahí -entre otras cosas- para descargar nuestra bilis, para llegado el momento bajarles de su pedestal y cortarles la garganta si se ponen a tiro de revolución. Para colocarnos en nuestro lugar de simples humanos que nunca podrán dar la vuelta al mundo en un jet privado. Cuando los socios del Real Madrid votan a Florentino Perez para presidir el equipo, cuando los aficionados acuden en peregrinación al hotel de turno -el más caro de la ciudad- y le piden autógrafos y fotos -quedé pasmado el día que vi que llevaba un montón de fotos suyas firmadas para dar a los fans- para colgar en sus feisbuks ¿que es lo que admiran de él? ¿Su dinero? Porque en esas alturas solo hay dinero: se respira, se come, se vive para el dinero. Tanto tienes tanto vales.

Puedo entender a los críos, ellos no discriminan, sueñan que son Iniesta o Cristiano haciendo regates imposibles y goles por la escuadra, sueñan con ser cambiados por el entrenador en el minuto 89 y salir del campo con una ovación atronadora. Sueñan despiertos. A veces yo también sueño. Sueño que el Sporting de Gijón les gana la liga a los pijos, a los todopoderosos, les restriega por el barro, les coloca orejas de burro y los pasea por los barrios bajos de la ciudad entre abucheos. Maneras de vivir.

Ah, la justicia poética, tan infrecuente y tan sabrosa.

NEVILLE

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Vaya por delante que me gusta el fútbol. Dentro de un orden, eso sí. Quiero decir que para que yo viera un Sporting-Éibar, por ejemplo, tendrían que atarme a una silla y sujetarme los párpados con fórceps como al viejo y querido drugo Alex en La naranja mecánica. Me gustan algunos partidos y determinados equipos. Cuando se están jugando un título, un pase a una final, cuando hay emoción en el juego. Y me gustan más los equipos energéticos,como los de Mourinho o Simeone, que parece que se han pasado con las vitaminas, que los pausados a los que se les ha ido la mano con la tila, como los de Guardiola o Del Bosque. Aunque ni el clásico Madrid-Barça lo aguanto sin tener entre manos alguna otra distracción: un periódico, el smartphone para mirar el feisbuk o un problema de ajedrez con el desenlace de una…

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Spotify: malas sugerencias

NEVILLE

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Con motivo del Día del Libro, el 23 de abril, Spotify quiso sumarse a la celebración proponiéndonos unas cuantas canciones inspiradas en cuentos, novelas o poemas muy conocidos de la literatura mundial. La propuesta es escasa -ocho canciones y no todas buenas- y poco trabajada. Para empezar, nos sugieren la canción The raven, de Lou Reed. Literalmente, describen: “El gran Lou Reed dedicó la canción The raven (El cuervo) al poema de Edgar Allan Poe. Utilizó una leve música que resaltaba aún más su extraordinaria voz”. En realidad, no hay tal canción ni hay tal voz, The Raven es el poema de Poe recitado por Willem Dafoe en el disco del mismo título de 2003, en el que Lou, con ayuda de su esposa Laurie Anderson y amigos como Steve Buscemi, homenajea a Edgar Allan Poe en piezas de spoken word o canciones, incluyendo Theraven o

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