La fiebre del oro y otras perversiones

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Uno puede presumir de cultureta, aunque no le guste el jazz y piense que la sociedad opulenta se está volviendo tan, pero tan cursi que ahora llaman laboratorio a un taller de bicicletas, las casas de comidas son gastrobares y los videos que triunfan en youtube son los de gaticos y perretes haciendo monerías o esos gifs que repiten hasta la saciedad cualquier gracieta. No sería de extrañar que vinieran unos bárbaros y nos invadieran. Porque no hay, que si hubiera una civilización extraterrestre, este sería un buen momento para conquistarnos y condenarnos a picar piedra en Ganímedes. Hay que aparentar. Lo que ahora se llama postureo y antes se llamaba esnobismo. Porqué las mismas actitudes ya conocidas y diagnosticadas cambian de nombre es un misterio, debe ser cosa de los tiempos. Todo sea por el postureo: uno habla solo de series de culto, pelis de culto, grupos de culto, coño, parece que me he convertido a los mormones con tanto culto, yo que odio los dogmas y los catecismos. Se que no soy el único, que es imposible alimentarse solo de series como The Wire, canciones de Bob Dylan, películas de Wim Wenders o Jim Jarmusch o fotos de Alberto G. Alix. Como sería utópico pretender pasarse la vida leyendo ensayos de Jünger; una novela de Henning Mankell con Kurt Walander desengrasa y también alimenta el alma. Una dieta tan densa necesitaría siestas de dos horas y caminatas de cuatro para digerirlas. Así que hay que intercalar, como en la comida. No se puede comer todos los días igual, un día puede ser un lechazo al horno y al siguiente ensalada de lechuga con alcaparras; hoy aceitunas con anchoas del Día de aperitivo y mañana gambas de Huelva. Hoy Leopoldo M. Panero y mañana que se yo, Quevedo. Está bien el bonito del norte pero también apetece un bocata de panceta. No solo de Tom Waits vive el hombre, también de legumbres.

Ni Ramon Gener puede alimentarse solo de opera, ni yo de folk-rock. Cuando vi el anuncio del Jeep Cherokee me llamó la atención la melódica canción que suena de fondo, Renegades, una cancioncilla radio-fórmula, pegadiza, y con una letra y un video muy de estos tiempos, de superación y autoayuda –por cierto, ¿es que antes la gente no se superaba a si misma, no se exigía, no se ayudaba?– Recurriendo a ese hombrecillo sensiblero, moldeado por la cultura occidental que llevamos dentro y que nos hace emocionar cuando vemos a discapacitados rompiendo barreras. Vamos, que tiene un tufillo a prefabricado que ni una pizza congelada, pero se degusta con el mismo placer. Un ratito, unas cuantas escuchas y ya, sin pasarse.

Ray Donovan es una serie que bebe del Señor Lobo, el personaje de Harvey Keitel en Pulp Fiction. Un tipo duro que tiene una agencia para resolver problemillas a los peces gordos de Hollywood. Problemas que van desde quitarle de encima un acosador a una estrella a enterrar en el desierto a un asesinado con el atizador de la chimenea. Mansiones horteras y lujosas, una familia totalmente disfuncional. El padre –Jon Voight– un ex-presidiario hedonista que no para de meterse en líos, dos hermanos enfermos, uno de Parkinson, otro violado de niño por un párroco y un hermanastro negro con menos luces que una cueva rupestre. Una mujer con carácter y dos hijos completan el cuadro. Un cuadro de un Bosco abstracto, guionizado por Barton Fink; un cuadro en el que nada casa, los polis son más corruptos que los delincuentes, los hijos de Ray se ven envueltos en enredos inverosímiles, Ray se ve involucrado en conspiraciones federales…para no cansar, absolutamente todo es improbable por no decir imposible, pero tiene esa fácil digestión que te engancha a devorar capítulos comiendo pipas o palomitas y asistiendo a los tiroteos y las palizas con gusto culpable.

Los documentales de VICE, el Salvados de Evole, Michael Moore, están bien, te asoman a realidades diferentes, a conflictos olvidados o estancados, te informan de lo que pasa en el mundo mas allá de tu entorno, en la aldea global de McLuhan. Sin embargo, uno de mis entretenimientos favoritos es Gold Rush, la fiebre del oro. No hablo del disco de Neil Young, sino de una serie documental del canal Discovery. La vida de unas cuantas familias dedicadas a la minería del oro en el Klondike. Aunque los nuevos mineros ya no batean riachuelos como los buscadores de la primera fiebre del oro que narró Jack London en sus novelas, ahora mueven toneladas de tierra con enormes excavadoras para una vez lavado extraer unos pocos kilos de oro. Me gusta ver a esos hombres y mujeres afanarse, cortar y soldar hierros con los sopletes, sudar, pringarse de barro, soñar con un pozo de la gloria que les haga ricos que nunca llega. Desde luego me seduce más que ver a esos tertulianos paniaguados de traje y corbata discutir que si los tuyos roban más y los míos son mejores, un show mas previsible que un striptis.

¿Quien no tiene vicios, confesables o inconfesables? Una de mis películas favoritas es El Guateque, que por más hipster, beatnik o gafapasta –término caduco ya y es de anteayer– que uno sea, tampoco tiene que estar siempre mohíno ¿no?