El penúltimo perro loco

El siete de noviembre murió Leonard Cohen, el canadiense más neoyorquino, el poeta de voz susurrante  y tranquilizadora. Cuando se supo, varios días después, todos los telediarios de Occidente abrieron con alguna canción, con imágenes del cantante, con un Hallelujah o un So long Marianne, la Sexta con El partisano, la Cinco con Suzanne, cada editor pensando en su público.

Una semana después abandonó el mundo Leon Russell sin que los telediarios le dedicaran un segundo. El niño prodigio, el músico todo-terreno, pianista, guitarrista, cantante, compositor y productor. El genio que grabó con los Beatles, con los Rolling Stones, con  Bob Dylan, con Ike &Tina Turner, y al que si hubiera que recordarle por uno solo de sus trabajos, sin duda sería por la gira de Mad Dogs & Englishmen con Joe Cocker. Setenta y dos bolos por Norteamérica, más de veinte músicos, llegaron a juntarse treinta y cuatro personas sumando las coristas. Quienes lo vivieron hablan de cada actuación como una fiesta colosal y no hay más que ver los vídeos filmados para apreciar la hondura de la diversión; los efectos de los psicotrópicos se dibujan en las caras, en los movimientos espasmódicos de Joe, en el deambular de Leon deslizándose como si flotara por el escenario. Si Hunter S. Thompson hubiera viajado con los perros locos como Robert Greenfield viajó con los Stones durante su gira americana, hoy tendríamos una crónica sabrosa y psicodélica además de un disco en directo excepcional y una película. Pero toda juerga salvaje tiene que terminar algún día y cuando llega la hora, el bajón es proporcional a la subida. Todos salieron heridos de la gira, sobre todo Joe y Leon. Joe, afectado de una severa depresión y alcoholismo estuvo dos años sin cantar recluido en Sheffield. Pero eran jóvenes y se recuperaron. Bobby Keys, Carl Radle, Joe Cocker se fueron antes que Leon. Otros como Rita Coolidge siguen con nosotros, han pasado cuarenta y cinco años desde aquello. Los setenta fueron mágicos, disipados, libres y cándidos como la música que generaron. Y esa música seguirá con nosotros hasta que nos llegue la hora de bajar el telón y no haya mas bises. Como el Bird on the wire que une a Leonard con Joe y Leon, aunque la televisión no lo cuente.

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AMERICANA (Hap y Leonard)

  • Butch Cassidy: ¿Que le pasó al viejo banco? Era tan bonito…
  • Guardia: La gente lo robaba todo el rato.
  • Butch C.: Un pequeño precio a pagar por la belleza.

Primera escena: 1968. Un Cadillac verde pino rueda a toda velocidad por una carretera secundaria en el sur de los Estados Unidos. Podría ser Florida o Lousiana, pero un cartel en pantalla nos indica Marvel Creek, un condado de Texas. Seguidos de cerca por varios coches de policía con las sirenas ululando, dos ladrones huyen tras un robo en el First National Bank. Suena Up Around The Bend de la Credence Clearwater Revival. Los atracadores toman un desvío, aceleran derrapando por caminos de tierra, despistan a la pasma y finalmente caen y se hunden en un río.

Veinte años después, en Laborde, Texas, dos supervivientes de los 60, dos víctimas de la guerra de Vietnam y el Peace & Love, dos inadaptados que nunca debieran haber sido amigos pero lo son contra viento y marea, se embarcan en una quimera: buscar ese coche y el millón de dolares que llevaba en su interior y que al parecer nunca fue localizado. Michael K. Williams (Omar en The Wire) como Leonard y James Purefoy (el líder espiritual y psicópata de The Following) como Hap, forman la extraña pareja protagonista. No son don Quijote y Sancho Panza, no son Holmes y Watson, tirarían mas a Butch Cassidy y Sundance Kid, dos seductores caraduras con los que se simpatiza instantáneamente.

El sueño americano para dos currantes sin formación es el dólar. El billete verde te dará la felicidad. Y en su busca se aventuran de la mano de un extraño grupo: la rubia ex-esposa de Hap (Christina Hendricks, Joan Holloway en Mad Men), un gurú trasnochado, un Unabomber antisistema y un adicto a causas nobles, a los que por algún motivo persiguen un par de psicópatas que recuerdan a los nihilistas del Gran Lebowski.

Todos los ingredientes para un thriller agitados en la coctelera por Joe R. Lansdale, autor de las novelas pulp origen de la serie. Un true detective sin polis pedantes, sin monólogos de apariencia filosófica, sin tabarras de psicología amateur. Gente que fuma y bebe sin que fumar y beber parezcan una enfermedad. Gente que no arrastra los pies ni carga con el peso de todos los pecados del mundo. Tipos que solo buscan un lugar bajo el sol, un buen polvo de cuando en cuando y una cama cómoda. Comer hoy y no pasar hambre mañana.

Y una historia que promete convertirse en legendaria. Ideal para ser contada en un bar nocturno por un hombre orquesta con armónica, mandolina y bombo rítmico, sombrero de copa con pluma y barba de profeta, una letanía con música y letra de Dylan al estilo de Lily, Rosemary y la J de corazones.

La fiebre del oro y otras perversiones

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Uno puede presumir de cultureta, aunque no le guste el jazz y piense que la sociedad opulenta se está volviendo tan, pero tan cursi que ahora llaman laboratorio a un taller de bicicletas, las casas de comidas son gastrobares y los videos que triunfan en youtube son los de gaticos y perretes haciendo monerías o esos gifs que repiten hasta la saciedad cualquier gracieta. No sería de extrañar que vinieran unos bárbaros y nos invadieran. Porque no hay, que si hubiera una civilización extraterrestre, este sería un buen momento para conquistarnos y condenarnos a picar piedra en Ganímedes. Hay que aparentar. Lo que ahora se llama postureo y antes se llamaba esnobismo. Porqué las mismas actitudes ya conocidas y diagnosticadas cambian de nombre es un misterio, debe ser cosa de los tiempos. Todo sea por el postureo: uno habla solo de series de culto, pelis de culto, grupos de culto, coño, parece que me he convertido a los mormones con tanto culto, yo que odio los dogmas y los catecismos. Se que no soy el único, que es imposible alimentarse solo de series como The Wire, canciones de Bob Dylan, películas de Wim Wenders o Jim Jarmusch o fotos de Alberto G. Alix. Como sería utópico pretender pasarse la vida leyendo ensayos de Jünger; una novela de Henning Mankell con Kurt Walander desengrasa y también alimenta el alma. Una dieta tan densa necesitaría siestas de dos horas y caminatas de cuatro para digerirlas. Así que hay que intercalar, como en la comida. No se puede comer todos los días igual, un día puede ser un lechazo al horno y al siguiente ensalada de lechuga con alcaparras; hoy aceitunas con anchoas del Día de aperitivo y mañana gambas de Huelva. Hoy Leopoldo M. Panero y mañana que se yo, Quevedo. Está bien el bonito del norte pero también apetece un bocata de panceta. No solo de Tom Waits vive el hombre, también de legumbres.

Ni Ramon Gener puede alimentarse solo de opera, ni yo de folk-rock. Cuando vi el anuncio del Jeep Cherokee me llamó la atención la melódica canción que suena de fondo, Renegades, una cancioncilla radio-fórmula, pegadiza, y con una letra y un video muy de estos tiempos, de superación y autoayuda –por cierto, ¿es que antes la gente no se superaba a si misma, no se exigía, no se ayudaba?– Recurriendo a ese hombrecillo sensiblero, moldeado por la cultura occidental que llevamos dentro y que nos hace emocionar cuando vemos a discapacitados rompiendo barreras. Vamos, que tiene un tufillo a prefabricado que ni una pizza congelada, pero se degusta con el mismo placer. Un ratito, unas cuantas escuchas y ya, sin pasarse.

Ray Donovan es una serie que bebe del Señor Lobo, el personaje de Harvey Keitel en Pulp Fiction. Un tipo duro que tiene una agencia para resolver problemillas a los peces gordos de Hollywood. Problemas que van desde quitarle de encima un acosador a una estrella a enterrar en el desierto a un asesinado con el atizador de la chimenea. Mansiones horteras y lujosas, una familia totalmente disfuncional. El padre –Jon Voight– un ex-presidiario hedonista que no para de meterse en líos, dos hermanos enfermos, uno de Parkinson, otro violado de niño por un párroco y un hermanastro negro con menos luces que una cueva rupestre. Una mujer con carácter y dos hijos completan el cuadro. Un cuadro de un Bosco abstracto, guionizado por Barton Fink; un cuadro en el que nada casa, los polis son más corruptos que los delincuentes, los hijos de Ray se ven envueltos en enredos inverosímiles, Ray se ve involucrado en conspiraciones federales…para no cansar, absolutamente todo es improbable por no decir imposible, pero tiene esa fácil digestión que te engancha a devorar capítulos comiendo pipas o palomitas y asistiendo a los tiroteos y las palizas con gusto culpable.

Los documentales de VICE, el Salvados de Evole, Michael Moore, están bien, te asoman a realidades diferentes, a conflictos olvidados o estancados, te informan de lo que pasa en el mundo mas allá de tu entorno, en la aldea global de McLuhan. Sin embargo, uno de mis entretenimientos favoritos es Gold Rush, la fiebre del oro. No hablo del disco de Neil Young, sino de una serie documental del canal Discovery. La vida de unas cuantas familias dedicadas a la minería del oro en el Klondike. Aunque los nuevos mineros ya no batean riachuelos como los buscadores de la primera fiebre del oro que narró Jack London en sus novelas, ahora mueven toneladas de tierra con enormes excavadoras para una vez lavado extraer unos pocos kilos de oro. Me gusta ver a esos hombres y mujeres afanarse, cortar y soldar hierros con los sopletes, sudar, pringarse de barro, soñar con un pozo de la gloria que les haga ricos que nunca llega. Desde luego me seduce más que ver a esos tertulianos paniaguados de traje y corbata discutir que si los tuyos roban más y los míos son mejores, un show mas previsible que un striptis.

¿Quien no tiene vicios, confesables o inconfesables? Una de mis películas favoritas es El Guateque, que por más hipster, beatnik o gafapasta –término caduco ya y es de anteayer– que uno sea, tampoco tiene que estar siempre mohíno ¿no?

Este tren va rumbo a la gloria.

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¡Traed madera! ¡Traed madera! ¡Es la guerra! Grita Groucho Marx en Go West! mientras deshacen los vagones para alimentar la locomotora y alcanzar a los bandidos. El tren nos ha hecho vivir momentos maravillosos en el cine. Lee Marvin subiendo sin billete a un mercancías en los años de la Depresión tratando de esquivar las palizas del revisor, un cruel Ernest Borgnine operario del ferrocarril en El emperador del norte; Imanol Arias saltando de un expreso en marcha en El Lute: camina o revienta; dos extraños en un tren intercambiándose victimas de un crimen; asesinatos premeditados con pasión y ansia de venganza en el Orient Express; asaltos al tren de Glasgow; transiberianos cruzando la estepa helada; los hermanos Frank & Jesse James desvalijando convoyes a caballo.

Durante todo el siglo XX, las vías de ferrocarril fueron las venas por las que fluyó la vida de países y continentes. No podemos olvidar que la revolución industrial comenzó con la máquina de vapor. Rebeldes, insurgentes, aventureros, buscadores de oro se subieron a trenes, atravesando miles de kilómetros en pos de la fortuna y el poder.

La música no tardó en auparse al pescante para llevarnos de viaje, como en la Rock Island line, la vieja locomotora popularizada por Lonnie Donegan. Deteniéndose en las estaciones, esos territorios donde todos somos forasteros y en los que el tiempo pasa mas despacio que en ningún otro lugar del mundo. Robert Johnson llora parado en el andén mientras Willie Mae se aleja en Love in vain.

El tren ha sido fuente de inspiración para todo tipo de estilos. Ahora que se ensalza la comodidad de viajar en coches silenciosos como el vuelo de una grulla, deberíamos reivindicar la sonoridad del tren. El tumulto de apeaderos atestados, maletas rodando; conversaciones a gritos en el vagón, fumadores departiendo en el pasillo, el silbido del tren al cruzar un pueblo, el estruendo de las ruedas bruñidas girando sobre las vías. Si buscas un cantante que te recuerde todo esto y le añada la melancolía del viaje a ninguna parte, del viaje sin retorno, del inevitable fin del viaje, Tom Waits es tu hombre y el tren la metáfora del pecado y la expiación en Down there by the train. O de la soledad en la multitud, en Downtown train. https://www.youtube.com/watch?v=hZhW76LAnTY

Cantantes y músicos negros rítmicos y elegantes como nadie llevan su música festiva y religiosa de viaje en ferrocarril. Cantan soul y gospel en animados grupos instalados en la plataforma entre vagones. O bailan funky. The O’Jays ataviados con la inevitable camisa de chorreras, pulcros y uniformados, cantan al tren del amor (Love train). Si te subes en este tren no podrás parar de moverte, el contagio está garantizado. Alrededor del mundo la gente une sus manos y pone en marcha el tren del amor... https://www.youtube.com/watch?v=jyCMkay9XRY

La dulce voz de Gladys Knight & The Pips se sube al tren de medianoche a Georgia (Midnight train to Georgia) dejando atrás un amor en espera, como no. El blues y sus armónicas han imitado fielmente el pitido de las locomotoras al tomar una curva en su recorrido, abordado trenes de medianoche (Midnight train de Johnny Burnette), trenes mañaneros (Morning train de Precious Bryant), desbocados (Runaway train de Soul Asylum). Big Bill broonzy, Lazy Lester o Charlie Musselwhite han ocupado su compartimento y mirado el paisaje a través de la ventanilla.

El rock nos ha montado en trenes lentos (Slow trainBob Dylan), en trenes veloces (Fast train: Van Morrison), nos ha llevado a los barrios peligrosos, nos ha iluminado el trayecto llenándolo de optimismo y vitalidad o nos ha transportado al final del recorrido, a la estación Termini. Últimas salidas, ultimas esperanzas, ultimas oportunidades. Hear my train a comin’ de Jimi Hendrix; Iron Horse de Motörhead; Rock and roll train de AC/DC https://www.youtube.com/watch?v=Kb2uciHpe4U

Viajeros de todo el mundo llegan a Memphis para visitar Graceland, el mausoleo de Elvis Presley en Mystery train, la película de Jim Jarmusch. Y en los títulos de crédito suena el clásico de Junior Parker en la acariciadora voz del rey del rock. https://www.youtube.com/watch?v=Q_eE0NPArEY Hay veces, como en este Mystery train, en que el tren no tiene tanto que ver con la historia que cuenta como con el ritmo de la canción, que intenta trasladarnos la cadencia del caballo de hierro cabalgando por las llanuras. Como el Train in vain de The Clash, en la que el tren solo rueda en el título.

En Silver train de The Rolling Stones, una historia de prostitución, ella ríe y toma su dinero… Metáfora gastada la del tren penetrando en el túnel, la chimenea echando humo…lluvia de plata, tren de plata…y sin embargo, muy utilizada. Que tu amor se va, que llega de lejos, que el tiempo vuela, que es un pasatiempo, el tren vale para todo. Blue train de Johnny Cash, del LP Todos a bordo, en el que suenan también el Train of love o I heard that lonesome whistle. Tristes baladas de desamor y abandono, trenes sin destino: Train to nowhere de Eric Clapton. El tren azul de Leño te lleva de viaje psicodélico.

Como decía una vieja canción de Shocking Blue de 1975, nunca te cases con un ferroviario, te querrá solo de vez en cuando, su corazón está en su tren. Otros maquinistas tienen su sitio en el viaje de la musica popular, como el Railroad Man de Eels o Railroad Bill de Ramblin’ Jack Elliott.

Dentro de cien años, nosotros estaremos calvos, pero los cantantes seguirán haciendo del mundo un lugar mas amable, pero ¿de que viajes hablarán entonces esos compositores? ¿Teletransporte a Marte? ¿Cohete a Venus? Estaréis conmigo en que el tren fue mucho mas divertido.

Mientras llega el futuro, el tren sigue rodando (train kept a rollin; Johnny Burnette) y atravesando llanuras rumbo a la gloria. (This train is bound for glory; Woody Guthrie)

Sofia Loren, Peter Pan y otros enemigos publicos.

sofia loren

Einstein, disguised as Robin Hood
With his memories in a trunk
Passed this way an hour ago
With his friend, a jealous monk
He looked so immaculately frightful…

Desolation rowBob Dylan
En “I shall be free”, de Freewheelin, el segundo disco de Bob Dylan, escuché por primera vez nombres conocidos en una canción: Mi teléfono no paraba de sonar / era el presidente Kennedy preguntando por mí. / Dijo: “amigo Bob, /¿qué necesitamos para que prospere el país?” / Le dije: “amigo John, Brigitte Bardot, Anita Eckberg, Sofía Loren, / el país prosperará.”…Oh, puesto en un estudio de televisión / cambiaba de canal al numero cuatro / sale de la ducha un futbolista / con un bote de fijador en la mano / mejunje grasiento para niñatos / lo que quiero saber, señor futbolista / es que piensas de Willie Mays y Yul Briner / Martin Luther King, Charles de Gaulle and Robert Louis Stevenson?…
Políticos, predicadores, actrices, actores, un beisbolista, un novelista. Bob iniciaba un camino novedoso en la musica al incluir iconos de la cultura moderna como mitos eróticos o estrellas del cine en sus letras. Comenzaban así a enlazarse las distintas artes que dieron brillo al siglo XX -el cine, la musica pop-rock, el arte abstracto, el surrealismo, personajes populares de todo tipo: gangsters, deportistas- formando un nuevo genero en la escritura y la musica que podríamos denominar como subcultura pop, heredera y deudora de la beat generation. Se distinguen claras reminiscencias de los poemas de Gingsberg -íntimo amigo de Dylan, hace un cameo en el video clip de “Subterranean homesick blues”-, de Ferlinghetti, de Corso, de Kerouac en aquellas primeras composiciones de Dylan, canciones río largas como letanías, garabateadas compulsivamente, anfetaminicas. Y que le revelan como un observador atento a los cambios sociales y sutil indagador del alma norteamericana.

El joven Dylan se había criado escuchando en la radio a Woody Guthrie, que había cantado a personajes literarios como Tom Joad, el vapuleado protagonista de “Las uvas de la ira” de John Steinbeck, y a célebres salteadores como Jesse James; a Johnny Cash; bluesmen como Muddy Waters y Lead belly o Sonny Boy Williamson; a Hank Williams; en todos ellos descubrió historias de gente corriente, historias de amor y desamor, de envidias y deseo, canciones sobre los instintos mas sórdidos y los bajos fondos de la ciudad. Historias que ocurrían en noches de luna, cuchillos afilados y balas perdidas entre borrachos y pendencieros. Historias de prisión, de jugadores, de carreteras y vagabundos.
Dylan quería mostrarnos su iconografía, que era retrato de su tiempo (por ejemplo Lenny Bruce, una necrológica sobre el humorista iconoclasta y faltón: Lenny Bruce está muerto / pero su fantasma aun perdura / Nunca consiguió ganar un Globo de Oro / nunca ingresó en Synanon / Fue un fuera de la ley, eso está claro/ Mucho mas de lo que tu nunca fuiste / Lenny Bruce se ha ido / pero su espíritu aun perdura… y también de la historia de un país conquistado por el poder de las armas de fuego y fascinado con ellas. Tal vez por esa atracción muchos de los mitos de EEUU son forajidos, gente como John Wesley Harding a quien Dylan canta en el LP homónimo de 1967. Un tipo que mató a unas cuarenta personas, entre ellas un sheriff, crimen por el que fue juzgado y condenado, pasando diecisiete años en la cárcel. Al salir se hizo abogado y siguió viviendo hasta que fue acribillado a tiros. O la banda sonora del filme Pat Garrett y Billy the Kid, del 73, dedicado al famoso maleante encumbrado por la épica popular y a su asesino. Uno de sus mas celebrados temas es Hurricane, en el que cuenta la historia de Rubin “Hurricane” Carter, boxeador acusado con pruebas falsas de un asesinato y que sufrió veinte años de prisión: Disparos resuenan de noche en el bar / llega Patty Valentine del piso de arriba / ve al encargado en un charco de sangre / grita: Dios mio, los han matado a todos / Esta es la historia de “Huracán” / el hombre al que las autoridades culparon / de algo que nunca hizo / lo encerraron en una celda / pero una vez pudo haber sido / el campeón del mundo.
Warren Zevon también ensalza las correrías de los hermanos asalta trenes en “Frank & Jesse James”. Y otros cantautores como Elliott Murphy en “And general Robert E. Lee” repasan diferentes personajes de la cultura popular; héroes de cine, de sus lecturas y juegos infantiles: El general Lee, el capitán Hook, Peter Pan, James Cagney y otros.
En España, por contra, el folclore tiraba mas por la traición amorosa, los cuernos y los celos, si había un crimen tenía que ser pasional, nada de negocios, como en la famosa copla “Antonio Vargas Heredia”, que llora su arrebato asesino entre rejas. Si que en el folclore andaluz, por ejemplo, los toreros y bandoleros fueron cantados como héroes del pueblo. Joselito, Manolete, Francisco Alegre, que tienen sus coplas o pasodobles, pero a nadie se le habría ocurrido incluir a un político en una canción. Cierto es que aquellos oscuros funcionarios y tecnocratas del régimen besa -anillos y abrazacristos no eran muy carismáticos ni hicieron nada por nosotros que no fuera jodernos. Y con el generalísimo pocas bromas. Alguna coplilla de carnaval enrevesada y mas o menos explicita por aquello de desafiar a la autoridad pero sin descollar. Era el tiempo del: Tu no te signifiques, hijo. Y a nadie se le ocurriría -y si se le ocurría, la censura no lo permitiría- escribirle una canción a alguno de los criminales mas sanguinarios de la época, como Jarabo o El arropiero. No había épica en “el mal”, el malhechor tenía que llevar su merecido. Sin excepción y sin redención.
Curiosamente, Boney M. , un grupo de música disco alemán prefabricado y que solo actuaba en play-back dedicó una canción en 1979 a El Lute, el famoso quinqui salmantino, el pobre diablo enemigo publico numero uno en los setenta del siglo pasado. http://www.youtube.com/watch?v=6llrz84EG2M También menciona al Lute Joaquin Sabina en “Así estoy yo sin ti” y Estopa incluye “La del Lute” en el disco La calle es tuya. De Boney M. son también Ma Baker ( la sanguinaria matriarca de una familia criminal, interpretada por Shelley Winters en el filme Bloody Mama) y Rasputin.
Puede que el primer tema al estilo de Dylan editado en España -escrito y cantado en catalán- fuera Qualsevol nit pot sortir el sol, en 1975. De Sisa, el estrafalario cantautor que compuso esta hermosa nana mitad lisérgica mitad infantil, por la que transitan mil y un personajes del cine fantástico, del tebeo, de la novela o de la leyenda tradicional como Dracula o el Hombre del saco y que aun hoy muchas madres catalanas siguen tarareando a sus hijos pequeños.

Kiko Veneno, dylanita confeso, sacó en 1992 Superheroes de barrio, en el disco Echate un cantecito. Con el pretexto de una fiesta de disfraces nos cuela su particular relación de leyendas: Joe Jackson, Mozart / Joselito el Gallo / Comandante Ruz / Orson Welles y Rita Hayworth / Bob Dylan y Di Stefano / Fender y Espartaco / Curro Romero y el gordo y el flaco…

Todo compositor de pop-rock que se precie ha incluido a estas alturas del siglo XXI su álbum de cromos, su biografía intima en sus letras. Desde los más inspirados con la pluma como Sabina o Aute hasta los más populacheros como Pereza, que tiran por el lado canalla e ironizan con los superpoderes de los héroes de la Marvel en Superjunkies. Desde rockeros cascarrabias como Ilegales (Que mal huelen los muertos) a sinfónicos como Asfalto (Capitán Trueno). De Tom Waits (Jitterbug boy) a Ramones (Spiderman) http://www.youtube.com/watch?v=nC3__wH10Pw
Y cualquiera de vosotros, si se pone, podría hacer su propia enumeración iconografica, su colección de mitos. Ahí va la mía.
El jabato; Rompetechos; John Lennon; Pumby y Anarcoma; el Capitán Trueno y Sigrid; el Star; Julio Verne; el Ajoblanco; Bob Dylan; Apocalipse now; los Freak Brothers y Mr. Natural; Easy rider; 2001, una odisea en el espacio; Lole y Manuel; Valentina; Pánico en Needle Park; Tintín; Fats Domino; los Rolling Stones. Asterix; Tom Wolfe; Corto Maltés; Duke y el Dr. Gonzo. Yonki; En el camino; Salgari; Paco Ibañez en el Olympia. George Brassens; Bakunin, ni dios ni dueño. Durruti, La bandera rojinegra; Alguien voló sobre el nido del cuco; Triana; Carlos Gimenez y Paracuellos; El padrino; Spirit; las comunas, los hippies; las chicas de Milo Manara; Zachary Swan; Makoki; Nico, Lou y la Velvet Underground; los vagabundos del dharma; el lobo estepario; crimen y castigo; Window pane; Ceesepe; Aguirre, la cólera de Dios; La naranja mecánica. Jeremiah Johnson y un inabarcable y voluble etcétera.

Sister morphine ¿por qué el doctor no tiene rostro?

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The scream of the ambulance is sounding in my ears
Tell me, sister morphine, how long have I been lying here?
What am I doing in this place?
Why does the doctor have no face?
Sister Morphine. The Rolling Stones: Sticky Fingers, 1971

1930. En un garito de Memphis, un juke-joint (local para negros) saturado de humo y sudor, Charlie Patton canta A Spoonful blues. Una cucharada de blues que te puede llevar a la cárcel: «I’m about to go to jail about this spoonful». Entre el publico, mayoritariamente negro, se mezclan blancos bohemios y otras gentes de mal vivir. Aún faltan tres años para el fin de la ley seca, pero todos trasiegan licores destilados en Kentucky o contrabandeados desde Canadá. La cocaína, la morfina y la heroína que se habían popularizado antes de la ley Harrison de 1914 (prohibición de venta de opiáceos y cocaína sin receta médica) siguen corriendo a raudales, pero ahora discretamente, bajo manga. En el local, dealers y clientes se intercambian dólares y papelinas. Negocian precios y cantidades en jive, el dialecto negro de la zona del delta y Nueva Orleans. Los adictos, sus necesidades y modo de vida sirven de inspiración a bluesmen, folkies y jazz singers.

Durante los años treinta y cuarenta numerosos compositores encontraron en las drogas psicotrópicas una fuente inagotable de historias que cantar. Como Cab Calloway, autor de Minnie the moocher: «He took her down to Chinatown / And he showed her how to kick the gong around». Kickin the gong around, trasunto de fumar opio en slang; también de masturbarse: «kick the gong», en el caso masculino. Louis Armstrong grabó una versión del Kickin the gong around, de Minnie the Moocher y de The Ghost of Smokey Joe, canciones que entrecruzan la vida de aficionados al opio. Cab Calloway compartió escenario e instrumento (la trompeta) durante muchos años con Louis Armstrong en el legendario Cotton Club. Otros bluesmen y jazzmen rindieron homenaje a las sustancias ilegales, tanto a la estimulante y extrovertida coca como al soñador e introspectivo opio y sus derivados.

A veces las referencias son directas, como el archiversionado Cocaine blues, en la que un hombre, Willy Lee, mata a una mujer bajo la influencia del alcohol y la cocaína, siendo sentenciado a noventa y nueve años de cárcel. Todos los cantantes, incluso folkies como Townes van Zandt, Woody Guthrie o Bob Dylan, han tocado y cantado ese «Cocaine, runnin’ round my brain». De este blues se compusieron variaciones con distintas letras, como Take a whiff on me (esnifar) de Leadbelly o Cocaine habit blues de la Memphis Jug Band, cuya letra avisa de los peligros de la adicción: «Cocaine habit mighty bad / it’s the worst old habit that I ever had / Hey, hey, honey, take a whiff on me».

La música sigue su camino, del blues acústico al eléctrico, del ryhtm’ blues al rock and roll. Los años pasan, la industria farmacéutica desarrolla nuevas drogas estimulantes sintéticas como las anfetaminas, repartidas como caramelos a los soldados de la segunda guerra mundial para estimular la vigilia, la atención y eliminar el hambre y el miedo. Ya en 1944 Harry the Hipster Gibson grabó Who Put the Benzedrine in Mrs. Murphy Ovaltine?: «Mrs. Murphy couldn’t sleep / Her nerves were slightly off the bean / Until she solved her problem / With a can of Ovaltine / She drank a cupful most every night / And ooh how she would dream / Until something rough got in the stuff / And made her neighbors scream. Ow! / Who put the Benzedrine in Mrs. Murphy’s Ovaltine?».

Años mas tarde, en 1968, Canned Heat grabaron, en su álbum Booggie with Canned Heat, Amphetamine Annie: «But Annie kept on speedin’, her health was gettin’ poor / She saw things in the window, she heard things at the door».https://www.youtube.com/watch?v=DMzoqpyUbhg

Los sesenta habían llegado, los hijos de la guerra con su flower power, su Woodstock, sus hippies, su Timothy Leary, su Ken Kesey, la universidad de Berkeley, sus drogas alucinógenas, la marihuana…, durante un tiempo, el LSD25 (el alcaloide sintetizado por Hoffman en 1938 del cornezuelo del centeno, un pequeño hongo) y la psilocibina (alcaloide activo del peyote) fueron legales y considerados por algunos psiquiatras y profesores como instrumentos potencialmente terapéuticos en el tratamiento de enfermedades mentales. En la Universidad de Berkeley se consumía ácido en grandes cantidades. Y como siempre que el pueblo organiza una fiesta libre, el Estado tiembla ante el poder de la libertad, y reacciona. Con sus instrumentos represores habituales: ilegalización de sustancias, penas de cárcel por posesión, trafico y venta, etcétera. La libertad individual es una entelequia en un mundo dominado por el poder especulativo de la producción y consumo en masa.

Pero cuando el Estado reprime, la libertad suele encontrar sus propios cauces, sus mercados al margen, y drogas alteradoras de la percepción y la conciencia como el LSD o el Peyote acaban ofertadas en los ambientes juveniles. Y no sólo como droga de meditación o autoconocimiento, sino ya abiertamente lúdicas. El argumento para nuevas temáticas en la música popular está servido.

En el caso del LSD dio lugar no sólo a canciones aisladas, como LSD de los Pretty Thing, sino a toda una corriente denominada rock psicodélico: grupos como Grateful DeadPink Floyd, Soft Machine, Tangerine Dream, The Doors (que tomaron su nombre del famoso libro de Aldous Huxley Las puertas de la percepción), entre otros muchos, son catalogados como psicodélicos. Está claro que todos ellos experimentaron con el LSD. Sin embargo, en las letras es más difícil encontrar alusiones directas a la droga. Las hay más centradas en la experiencia alucinógena, como Tomorrow never Knows, del álbum Revolver de 1966, o Lucy in the Sky with Diamonds, del Sargent Peppers, de 1967, ambos de los Beatles, White Rabbit de Jefferson Airplane, también de 1967, el año del verano del amor o introspecciones en la ritualidad de los nativos americanos como Peyote Healing de Robbie Robertson (The Band), inspirado como tantos otros por las andanzas y los libros de Carlos Castaneda. En 1968 Estados Unidos decretó su ilegalizacion. A Europa llegó en 1971.

Aunque siempre han existido los outsiders, los adelantados, y mientras en casi toda Norteamerica se celebraba el haz el amor y no la guerra, en Nueva York, también en 1967, un oscuro grupo nacido en la Factory de Andy Warhol, la Velvet Underground, ensalzaba la vida marginal de los yonkis. Su lider, el recién desaparecido Lou Reed, un poeta urbano cuyas letras se alejan de aquellas historias moralizantes, exponía con crudeza el amor a la jeringa y sus efectos, como en Heroin: «I don’t know just where I’m going / But I’m goin’ to try for the kingdom if I can / Cause it makes me feel like I’m a man / When I put a spike into my vein / Then I tell you things aren’t quite the same». O en I’m Waiting for the Man, en la que el camello es «El hombre», llega a la hora que quiere, hace esperar, juega con el adicto como el gato con el ratón: «I’m waiting for my man / Twenty-six dollars in my hand / Up to Lexington, 125 / Feel sick and dirty, more dead than alive / I’m waiting for my man». https://www.youtube.com/watch?v=W4VEXl4vsq4

Pocos han sabido contar las historias que suceden en las esquinas más sombrías de la gran ciudad, donde nunca da el sol, en los callejones donde vomitan sus colocones los beatniks, las putas, los travestis, los yonkis. Como en Take a Walk on the Wild Side, del LP de 1972 Transformer, producido por David Bowie. Aquí el camello tiene un nombre peculiar: Sugar plum fairy: «Sugar plum fairy came and hit the streets / Lookin’ for soul food and a place to eat / Went to the Apollo, you should’ve seen ‘em go go go/ They said, “Hey sugar, take a walk on the wild side” / I said, “Hey babe, take a walk on the wild side”». Pero hay una canción de Transformer, Perfect Day, en la que la alusión a la heroína es tan velada que después ha sido grabada por todo tipo de músicos y orquestas, incluso filarmonicas, haciéndola pasar por la historia de un bonito día de asueto en el que ir al zoo a dar de comer a las fieras, luego al cine y después a casa, satisfecho y feliz. En realidad el día perfecto es aquel en que tienes una papela en el bolsillo y una aguja hipodérmica bien afilada: «Oh, it’s such a perfect day / I’m glad I spend it with you / Oh, such a perfect day / You just keep me hanging on / You just keep me hanging on».

En los setenta la heroína vuelve a adquirir una aureola de droga mítica, poderosa, que elimina otras necesidades, dolores y emociones. La droga antidepresiva por excelencia. En el circuito del jazz no había desaparecido, grandes músicos sufrieron la adicción, también artistas del soul y del rythm’ blues, pero por esos años el caballo deja de ser algo marginal para democratizarse como nunca en la historia otra droga habia extendido su uso. Si exceptuamos al alcohol y al tabaco, claro. Y así como hay autores que la elogian, como los Rolling Stones, que en el disco Sticky Fingers, de 1971, además de Sister Morphine, incluían Brown Sugar (nombre que se da a la heroína mexicana, impura y de color marrón), una gloriosa canción que pretendía escandalizar sin moralejas: «Brown sugar, how come you taste so good, / Brown sugar, just like a black girl should»; ZZ Top hablan acerca de ella en otra cancion con el mismo título: «Man, there’s somethin’ make me feel good / and it’s gonna change my life / I gotta have some of that brown sugar, / gotta try it before I die». Otros derivados del opio también han sido tratados por la cultura popular: Codeine de Trampled by Turtles u Oxycontin blues de Steve Earle, por ejemplo.

Por el contrario, los que la sufrieron, si no en sus venas, sí en su banda o amigos escribieron letras más críticas con el abuso de la aguja. Así, Neil Young, en The Needle and the Damage Done (Harvest, 1972), dedicada al guitarrista fallecido en 1971 Danny Whitten, de su primer grupo, Crazy Horse, escribe: «I’ve seen the needle / And the damage done / A little part of it in everyone / But every junkie’s / Like a settin’ sun». Posteriormente Young volvió a tratar el tema de la drogadicción en Tonight’s the Night, de 1973, sobre la sobredosis y posterior muerte de Bruce Berry, roadie de Crazy Horse: «Bruce Berry was a working man / He used to load that Econoline van. / Well, early in the morning / at just about the break of day / He used to sleep until the afternoon».

En 1968, Steppenwolf había grabado una maldición al traficante de drogas duras, The Pusher, en contraposición al dealer de marihuana o pastillas. La canción se hizo mundialmente famosa al sonar durante los créditos de la pelicula Easy Rider: «You know I smoked a lot of grass / Oh Lord I popped a lot of pills / But I never touched nothin’ / That my spirit could kill / You know I’ve seen a lot of people / Walking around with tombstones in their eyes / But the pusher don’t care / Ah if you live or if you die / God damn the pusher» .Otros autores, como Bob Dylan en Mr. Tambourine Man, no fueron tan duros con el camello: «Hey, Mr. Tambourine man, play a song for me / In the jingle jangle morning i’ll come followin’ you». https://www.youtube.com/watch?v=FpnZktNuN-4

Sam Stone, de 1971, compuesta por John Prine, narra otro hecho controvertido: la cantidad de soldados que volvieron de la guerra de Vietnam adictos a la heroína. Sam Stone es uno de ellos, uno de los que vuelve de la guerra con un agujero en el brazo por donde se le va todo su dinero. Con el «Corazón Púrpura y un mono en la espalda»: «Sam Stone came home, / To his wife and family / After serving in the conflict overseas. / And the time that he served, / Had shattered all his nerves, / And left a little shrapnel in his knee. / But the morphine eased the pain, / And the grass grew round his brain, / And gave him all the confidence he lacked, / With a Purple Heart and a monkey on his back»

Un descarnado retrato de la adicción son asimismo Needle of death de Bert Jansch o Carmelita, de Warren Zevon, en la que el protagonista de la historia llega a empeñar su máquina de escribir para pagarse una dosis. Fue grabada por primera vez en 1972 por el canadiense Marshal McLauchlan: «Well, I pawned my Smith Corona / And I went to meet my man / He hangs out down on Alvarado Street / By the Pioneer chicken stand / Carmelita hold me tighter / I think I’m sinking down / And I’m all strung out on heroin / On the outskirts of town». El gran público la conoció gracias a la versión de Willy de Ville: https://www.youtube.com/watch?v=suyt0jQJH_U

De los efectos físicos de la carencia de heroína habla John Lennon en Cold Turkey (“Pavo frío”), otra manera de referirse al mono o síndrome de abstinencia: la temperatura que sube, la fiebre alta, sin ver el cielo ni el futuro: «My body is aching / Goose-pimple bone / Can’t see no body / Leave me alone / My eyes are wide open / Can’t get to sleep / One thing I’m sure of / I’m in at the deep freeze / Cold turkey has got me on the run».
Por supuesto, no todo son historias de ruina y muerte a causa de la droga. Hay canciones que invitan a colocarse con sustancias ilegales, a romper con las drogas estandar del pasado como el alcohol. Por ejemplo, Everybody Must Get Stoned de Dylan: «But I would not feel so all alone / Everybody must get stoned», versionada en Madrid por el alcalde humanista Enrique Tierno Galván, que invitó a los madrileños a colocarse durante las fiestas de San Isidro. También quiere estar colocado (stoned, high) Kris Kristofferson en Sunday Morning Coming Down: «On a sunday morning sidewalk / I’m wishing Lord that I was stoned…».https://www.youtube.com/watch?v=fdMmcciQs8I

La marihuana ha tenido una gran influencia en la música reggae, la música jamaicana heredera del calipso y cuya raíz cultural se hunde en África y en antiguas creencias religiosas. Para los rastafaris, Jáh, su dios, les ha otorgado la marihuana (ganja) como medio de entrar en comunión con él. Y se pasan el día fumados (high), en feliz eucaristía. Peter Tosh, en Legalize it, pide la despenalización con el argumento de que todo el mundo la fuma, incluso los jueces. Y tiene razón: «Singer smoke it / And players of instruments too / Legalize it, yeah, yeah / That’s the best thing you can do / Doctors smoke it / Nurses smoke it / Judges smoke it / Even the lawyers too». El llorado Bob Marley, seguramente el más carismático cantante de reggae, también la solicita en Legalize Marihuana: «Legalize marijuana yeah / Down here in Jamaica yeah / It can build up a failing economy yeah / Eliminate the slavish mentality». Todos los fumadores de maría están de acuerdo con ellos y muchos musicos han dado su opinión sobre el asunto.

Quizá la canción dedicada a una droga ilegal más conocida, la que todo el mundo tararea en cuanto suenan sus primeras notas, sea Cocaine, ella no miente, de J. J. Cale, también desaparecido en julio del 2013. En la versión de Eric Clapton: «She don’t lie, she don’t lie she don’t lie cocaine».

Ya conocéis el peligro. Ahora, es vuestra elección subir el volumen del tocadiscos al máximo y dejaros arrastrar al margen sombrío de la ciudad o quedaros en el lado soleado de la calle, donde las criaturas temerosas de Dios rezan para que sus hijos no recorran el camino salvaje que antes callejearon ilustres cadaveres como el de Johnny Thunders.