Infierno helador (Trapped)

A la ensenada de un pueblo pesquero islandés llega el ferry de Copenhague. Es febrero y la temperatura oscila entre los cero y los diez grados bajo cero. Las horas de sol en invierno son pocas. En realidad ninguna, hay unas cuatro horas de luz mortecina y el resto es un atardecer deprimente y una noche gélida. No hay rastro de arboles, ni de arbustos, ni de macetas con geranios, lo único que crece en Seyoisfjörour son sabañones y alguna planta de marihuana cultivada a la luz de un flexo en un armario.

En esa naturaleza indómita en la que el sol es ese astro que dicen que está ahí pero no asoma, solo se adivina tras la niebla y las nubes, se levanta una ventisca de nieve que deja a los lugareños aislados y casi paralizados el mismo día que aparece un cadáver flotando en la bahía.

Un cadáver que estalla como una bomba de racimo, desatando una hecatombe al despertar viejos sucesos dormidos pero no cicatrizados que implican a las fuerzas vivas del pueblo. Y para desentrañar tanta maquinación perversa no hay laboratorios con probetas ni microscopìos ni pruebas de ADN ni genios deductivos. Tampoco demasiados sospechosos. Para resolver los crímenes de esta aldea están tres policías locales que suelen emplear su tiempo en rescatar coches atrapados en la nieve o en acompañar a los borrachos desde el bar a sus casas. Andri, el jefe, un gigantón divorciado que duerme en el sofá de sus suegros; Hinrika, una policía analítica de mediana edad sin hijos y Ásgeir, el carcelero, que pasa el tiempo en el cuartelillo resolviendo problemas de ajedrez en el ordenador.

De un modo sibilino, inapreciable, el ambiente opresivo de esa ciudad donde no hay nada que hacer más que pasar horas y horas metido en casa o bebiendo en el bar te va atrapando hasta que te sientes igual de triste que ellos, atrapado en una claustrofobia agobiante. No hay gente feliz, no hay risas, no hay música, hasta los niños parecen desalentados, crueles en su inocencia.

Viendo transcurrir la vida bajo techo en ese lugar de nombre impronunciable, uno se pregunta quien diablos tuvo la idea de establecerse ahí y se entienden mejor las tasas de suicidio en los países nórdicos, aunque Islandia no esté a la cabeza del ranking, con unos veinticinco al año para una población de trescientos mil habitantes. España, por ejemplo, mantiene una media de dieciséis para cuarenta y siete millones. La diferencia es abrumadora. El dato más trágico es el de Groenlandia. En el año 2011 hubo ciento sesenta y dos suicidios consumados en sesenta mil residentes. Da escalofríos pensar que en una ciudad como Avilés se quitara la vida una persona cada dos días. Sería terrorífico.

Tras diez capítulos trepidantes, la tormenta se disipa, el cementerio de esa esquina del mundo en la que no se usan las vocales luce alguna cruz más y los lugareños vuelven a su melancolía y a sus quehaceres entre el hielo. Y uno respira hondo y exhala el aliento para cerciorarse de que aquí cuando nos quejamos del frío no sabemos de lo que hablamos.

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¿Qué fue de Tonino Pettola?

Por Carlos Hevia

A Tonino Pettola no se le ocurrió otra cosa que anunciar el nacimiento de una nueva iglesia en la TV. Pettola, el viejo pastor, sí obraba milagros. Porque a Pettola, sucio y pobre como un guijarro, sí se le aparecía la virgen María y todos los días curaba enfermos, ante la mirada iluminada de cientos de peregrinos. Cómo osaba el viejo Pettola desafiar al joven  Papa Pio XIII en la televisión, a ese Papa que había descompuesto la curia romana, que había cuestionado la fe de todos los creyentes, que había renunciado a mostrar su imagen en el balcón de San Pedro ante miles de feligreses, que los había condenado a penar su culpa original hasta que revelaran su verdadera fe por Dios, él, bello e inmaculado como un ángel, que sí había sentido la santidad, curando  las heridas de los enfermos con sus oraciones y resucitado a los muertos con la  suave yema de sus dedos y, sin embargo, ya…

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No llores, mi querida, si Dylan no canta español

Por Carlos Hevia

El nueve de mayo de 1974, un puñado de cantautores congregados por Phil Ochs rendían un homenaje a la figura de Salvador Allende en Nueva York. En el escenario coincidieron Pete Seeger, Arlo Guthrie, Dave Van Ronk, Melanie y Bob Dylan. Sí, Robert “Judas” Zimmerman, el gruñón que había apostatado de la canción protesta, el traidor, volvía al redil, y actuaba para los antiamericanos comunistas, para los apóstoles de la igualdad social, los profesores de universidad barbudos y las chicas cristianas de clase alta con mala conciencia de los que había abjurado. Y el público había llenado el Felt Forum del Madison Square Garden para examinarle y comprobar su grado de arrepentimiento.

¿Como convenció Phil Ochs a Dylan para participar en un concierto tan marcadamente político? Influyeron diversos factores. El primero, que Dylan acababa de romper con Sara, su mujer y madre de sus tres…

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El sordomudo elocuente

 

Leí La Maldición gitana de un tirón. Excepto el final. Según me acercaba al desenlace sospechaba que iba a acabar mal y quería postergarlo, tardar un poco más en enfrentarme a la tragedia presentida. La dejé reposar veinticuatro horas antes de atacar el ultimo capítulo.
No son muchas las veces en que una novela te agarra por la pechera, te hace un nudo, te inmoviliza y no te deja respirar hasta conocer el desenlace. Eso ocurre con La maldición gitana de Harry Crews, solo que llegado el final el lector intuye lo que se avecina, por las pistas que Harry ha ido dejando aquí y allá en el relato. Y el lector (yo) querría que la novela durase más, has ido entendiendo como es Marvin Molar, el sordomudo al que se le entiende todo lo que dice y también lo que calla. Le has cogido cariño porque tiene que ser jodido nacer con dos colgajos como piernas, crecer abandonado por tus padres a la puerta de un gimnasio y así y todo encontrar motivos para sonreír y seguir adelante. Por eso te gustaría que su escritor se apiadara de él, le concediera más paginas, mas disfrute, más alegrías, aunque en el fondo reconoces que una historia tiene el recorrido que debe tener, el justo, ni una pagina de más y ahí Crews se revela un maestro. Con una prosa limpia, sincera, sin alharacas ni metáforas rebuscadas, te va llevando de la mano por el carrusel de emociones de sus protagonistas. Como el maestro de ceremonias de un circo ambulante. Y querrías un par de vueltas más en su tiovivo. La comparación es pertinente porque hay momentos en que recuerda a Freaks, la película de Tod Browning, que también narra una historia de amor y convivencia entre seres “normales” –que tienen una altura estándar, dos brazos, dos piernas y una cabeza– y “anormales”.
La traducción de Javier Lucini y la edición de Dirty Works son magníficas, trabajo de artesanía. Quizás, por poner algún pero, Harry se esfuerza un poco más de lo debido en vendernos para una futura adopción a esos seres defectuosos que pueblan el gimnasio de Al. En contraposición a los personajes que viven fuera, los zumbados que viven dentro resultan lineales, claro que no son tipos precisamente maquiavélicos un viejo forzudo, dos boxeadores sonados y un equilibrista sin piernas.
También hay momentos en que a Harry le da el ataque de escritor, como en el siguiente párrafo: La frase de esta semana era esta: ENTRA Y MANTEN TU FE ALZADA, que me pareció bastante lamentable y me da que era fruto de malos hábitos de lectura, de leer a los Wallace del mundo: Irving Wallace, Wallace Irving y Wallace Wallace.
Si tenía alguna cuenta que ajustar con esos autores, quizás debería haber buscado un campo neutral para defender su crítica, no esta novela, pero solo es mi opinión, acepto otras.
No había leído a Crews antes, así que ha sido un agradable descubrimiento.

Historias de La Habana (Yoyi y Edelmira)

Cuando estuve en La Habana me alojé en casa de Edelmira, una anciana criolla de piel blanca y pelo azul, en un hermoso chalé en Miramar, la mejor zona de El Vedado (llamado así porque antes de Fidel los negros no podían pasear por allí, después de Fidel si, pero solo de paso o para servir en las mansiones y embajadas). Un palacete con ventilador en el techo de las habitaciones, patios de vegetación exuberante y tropical y garaje donde aparcábamos el carro de alquiler. Yoyi, la chica de servicio que hacía las camas y nos servía el desayuno, con jugo de pomelo y galletas María, era pequeñita y delgada, con ojos vivos color caramelo y pelo malo, de negra prieta mas no se pué, que dicen ellos. Indagando descubrimos que el hijo de Edelmira, otro blanco puro, había sido chófer de Fidel primero y de Robertico Robayna más tarde. Robertico, la gran esperanza del partido, cayó pronto en desgracia, fue cesado y expulsado acusado de corrupción en un país que navega sobre una ciénaga de corrupción. La vieja dama de nombre español no parecía haber sufrido mucho con el castrismo, aunque se mostraba nostálgica de la madre patria, normal en quien ha vivido tiempos mejores y pasa las tardes meciéndose en el porche y yendo a misa semiclandestina, a la espera de mudarse definitivamente al panteón familiar en el cementerio de Colón. Hicimos amistad con Yoyi, la mucama, que vivía en la Habana Vieja, muy cerca de la antigua tabaquera de H-Uppman y nos invitó a su casa. Fuimos una tarde y al poco de llegar el apagón controlado nos dejó a oscuras, así que volvimos al día siguiente por la mañana. Malvivía en un antiguo edificio de pisos elegantes y espaciosos, con balcones de hierro forjado y volutas, parecido a cualquier calle del Cadiz moderno, pero cayéndose a pedazos. La escalera sin barandilla, con tramos rotos. Los pisos, en su tiempo grandes y diáfanos habían sido subdivididos en apartamentos mínimos, con paredes de ladrillo visto sin enfoscar y altillos de adobe por doquier, para aprovechar el poco espacio. En unos diez metros cuadrados convivían ella, sus dos hijas y su marido, otro negro, que trabajaba pa la municipalidad asfaltando calles por dos pesos al mes. Nos mostró la heladera, vacía. Salimos de allí llorando, no había visto tanta miseria ni en las antiguas chabolas de Matalablima, en Oviedo. Fuimos al supermarket del hotel Cubanacan, solo se paga en divisa, chico, en dólares del enemigo, vedado para cubanos pobres, compramos huevos, pollo, verdura, leche, zumos, hasta una botella de Havana Club, que el ron chispa’e tren casero es metílico puro y huele a gasolina. Compramos de todo y se lo llevamos a Yoyi, al menos que una vez en su vida llene la nevera, pensamos. Y que sus hijas se den un festín, hartas de la cartilla de racionamiento y del no queda, del vuelva usted mañana, de los dos litros de leche al mes para los menores de ocho años. Esto y mucho más es Cuba, y es Fidel y es el castrismo, pero esto también. Hasta la victoria siempre solo es un lema que ni quita el hambre ni resuelve los eternos conflictos sociales.