La fiebre aftosa o el jarabe contra el taller de literatura

Escribir es fácil. De pequeños nos enseñan las letras y a unirlas formando palabras. Palabras que tienen un significado, y que a su vez, formando frases, consiguen provocar emociones. Un niño armado de una tiza escribe tonto el que lo lea en una tapia. Y el tonto que lo lee no puede evitar cabrearse y acordarse de la madre del escritor. Así que podríamos decir que ha conseguido su propósito. Si, cualquiera puede comunicarse escribiendo en una pared. Otra cosa es la literatura.

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La buena literatura, la que explora los abismos de la condición humana, la que te atrapa, te seduce, te encoge el corazón o te hace doblar de la risa. La que te hace vivir vidas que nunca vivirás e introducirte como el bisturí de un cirujano en las vísceras, en el miedo, la codicia, el deseo, la que desnuda nuestros secretos, es tan difícil de componer como una sinfonía de Beethoven. Y mas sin haber estudiado solfeo. Claro que muchos querríamos ser artistas y creemos tener las habilidades precisas. No. No todos podemos ser escritores, no todos tenemos ese talento. A algunos, la adulación de amigos y parientes les hace creer que si. Y se pierden en su ego. Abren blogs como poseídos, se autoeditan. Al principio escriben mas o menos ordenadamente, sin sustancia pero con simpleza. Lo malo es que el paso del tiempo les hace creer que la literatura es mejor cuanto mas ampulosa. Empiezan a adornarse con mas adjetivos, bucean en diccionarios de sinónimos en busca del verbo mas pedante. Son capaces de utilizar fenecer, porque fallecer o morir les resultan poco descriptivos. Es el peligro de tener a Proust en un altar.

De esta cosa que nos ha dado de querer ser todos poetas o novelistas, se aprovechan los talleres de narrativa. Proliferan como setas; online, presenciales, en cuarenta horas y por un módico precio te voy a enseñar a escribir. Al fin y al cabo, no es para tanto, cualquiera puede hacerlo bien tomando un cursillo o dos.

En la introducción de El almuerzo desnudo, William Burroughs cuenta esta reveladora anécdota: Recuerdo una conversación con un norteamericano que trabajaba en la comisión para la fiebre aftosa, en México. Seiscientos al mes más gastos:
– ¿Cuánto durará la epidemia? -pregunté.
– Mientras podamos hacerla durar… Sí… tal vez surjan otros focos en Sudamérica -dijo, como soñando.

Lo mismo piensa Woody Allen de las religiones o Bukowski de la psiquiatría. Sacacuartos para ingenuos. Y ciertamente, en la sociedad de consumo hay intangibles que se venden a precio de oro. Siempre hay alguien ahí dispuesto a comprar un crecepelo, el elixir de la eterna juventud, o un manual de autoayuda.

Algo parecido ocurre en los talleres literarios, siempre tienen clientela. Antes de soltar la pasta, debes saber que ningún profesor de escritura creativa te va a decir lo que piensa. Mira, está bien tu voluntad, pero se necesita algo mas, una visión diferente y una manera personal de contar la vida. Algo que por más que te empeñes, nunca tendrás, debería añadir. Por el contrario, te halagarán, verán en unos versos más tristes que el poema de amor de un adolescente el germen de un futuro Neruda. Porque quieren tu dinero y si puede ser cada mes, mejor que mejor. Ensalzarán una metáfora, una frase, una rima, los signos de puntuación y por ultimo, el esfuerzo. Cuando te alaben el esfuerzo, ten por seguro que tu carrera de escritor ha aterrizado antes de despegar.

Dicen que el papel lo aguanta todo. Yo no estoy tan seguro. Creo que, a veces, a esas frases encadenadas sin sentido les gustaría rebelarse, formar un tótum revolútum y suicidarse en una sopa de letras. Si no podemos alimentar el espíritu, alimentemos al menos el cuerpo.

En fin, aprovechémonos de esos maravillosos autores que nos han hecho soñar, y arrellanados en nuestro sillón favorito, dejémonos llevar por esas historias de crímenes, venganzas, fracasos, locuras…si no puedes ser escritor, siempre podrás ser un buen lector. Conformate con eso.

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Fargo 1: fabulosas historias en el frío

FARGO

 Las divertidas historias al amor de la lumbre del tío Lorne.fargo_tv_on_fx.0_cinema_1200.0

Nieve y frío. Mucha nieve; tanta que la gente no camina, anadea con las piernas bien abiertas intentando mantener el equilibrio. Y mucho frío; plumíferos, guantes de gore-tex, gorros de piel de castor, botas antideslizantes. Carreteras heladas que alejan la posibilidad de escapar. Cadáveres tiesos como merluzas congeladas. En este ambiente se desarrolla la trama de Fargo, la serie de 10 capítulos escrita por Noah Hawley y producida por los hermanos Coen e inspirada en la película del mismo nombre. Y como ella basada en hechos reales (sic) según rezan los créditos.

Lester Nygaard (Martin Freeman) es un pusilánime vendedor de seguros, un fracasado incapaz de colocar una póliza en medio de un terremoto. Un don nadie al que su mujer, Pearl, no deja de restregarle que es un perdedor: “¡Si, cuando hacemos el amor pienso en otro para sentir que estoy con un hombre de verdad!”Y cuando Lester llega a casa con un arma, ella muestra su confianza:“Si hay alguien capaz de dispararse en la cara con una escopeta descargada, ese eres tu, Lester”.

Su hermano pequeño, propietario de un arsenal con fusiles de asalto a lo Rambo incluidos, le reprocha que sea tan retraído, tan poca cosa: “Todos en mi trabajo tienen hermanos mayores de los que se enorgullecen Lester.”

A sus cuarenta años, sigue igual de asustadizo que de niño. Un encontronazo fortuito con el abusón de su infancia, Sam Hess, un camionero que se regodea contándoles a sus dos hijos adolescentes y cretinos como encerraba a Nigger en un bidón y le hacía rodar por las calles, lleva a Lester al centro de salud con la nariz rota y los ojos como dos higos maduros. En la sala de espera conoce a Lorne Malvo (Billy Bob Thornton), un tipo extraño e intimidante que se revela todo un filósofo: “Tu problema, Lester, es que crees que hay reglas. No las hay. Somos gorilas, teníamos lo que podíamos coger y defender. No hay santos en el reino animal, solo comida y cena.”

Tras esta sombría y excéntrica conversación que deja a Lester pensativo, se desata una oleada de crímenes inaudita en Bemidji, una pequeña localidad de poco más de diez mil habitantes en el estado de Minnesotta. Demasiado para el hipersensible jefe de policía Bill (Bob Odenkirk), un inepto al que todo el asunto sobrepasa y que quiere cerrar el caso de cualquier manera con tal de que sea rápida. Menos mal que Molly Solverson (Allison Tolman) una joven agente que ve más allá de su nariz intuye que casi nada es lo que parece y en su tozudez no se traga los endebles razonamientos de Bill.

El diablillo irónico de Lorne Malvo -o su álter ego el reverendo Frank Peterson- disfruta contando divertidas e instructivas historias sobre sus colegas y la naturaleza humana: “A Caroline Murphy le cortó la lengua un indio negro. Después trabajó un poco, pero no fue lo mismo”. “¿Conoces a Buzz Mead? Nació con un solo ojo. Solía sacarse el ojo de cristal y echarlo en las bebidas. Aun así, era un gran tirador.”Y disfruta matando. A veces parece Dios, escogiendo quien vive y quien muere. En cualquier caso es un cuervo solitario poseído por una furia homicida difícil de calmar. Un predicador que dispara sermones y balas:“Una vez vi a un oso con la pata metida en una trampa. Se masticó hasta el hueso para liberarse. Fue en Alaska. Una hora después murió boca abajo en el río. Pero fue bajo sus propios términos ¿no?”

Un año después, Bemidji ha recobrado la calma; la policía vuelve a ocuparse de perros, gatos y tormentas de nieve y la vida de Lester ha cambiado. Ha dejado de agachar la cabeza y musitar siseñor a todo, ahora tiene su propia oficina y se cree un triunfador, cuando la casualidad le lleva a tropezar de nuevo con Lorne, el asesino tranquilo: “Cuando un perro está rabioso, se nota, se ve. No como en los hombres”. Un encuentro que desatará la traca final y que volverá a teñir de rojo el blanco paisaje. Mientras a Molly Solverson, la única policía lúcida de Bemidji, sigue sin cuadrarle como se resolvieron los acontecimientos y ha intentado proseguir las investigaciones por su cuenta. Como bien dice:“Un hombre como ese no va a parar. Quizás ni siquiera sea un hombre.” Aunque la vida de Molly también ha dado un giro radical.

La serie, salpicada de diálogos brillantes de principio a fin, de humor negro y cáustico: “En cuanto nos casamos, mi mujer dejó de chupármela. Ah, esa es una tragedia nacional” y frases redondas como sentencias: “A las mujeres griegas a los cuarenta les salen dientes en el coño” “Nadie cuelga fotografías tristes ¿verdad? Mamá llorando, papá enfadado…”, tiene el inconfundible toque de los Coen. Y guiños a Fargo, la película. Planos calcados, como uno en el que se ve desde un coche el skyline de las Two Cities, Minneapolis y St. Paul o como los muñecos del legendario leñador gigante Paul Bunyan y su mascota, el bisonte azul Babe.

Y con tanto mal diseminado por los alrededores, vosotros, si sois buena gente temerosa de Dios, rezareis en familia y os juntareis al amor de la chimenea para beber batidos de plátano y seguir ¡Allá tú! en la tele del salón.

https://www.youtube.com/watch?v=gKs8DzjPDMU

P.D. El elenco está fantástico: Billy Bob Thornton; Martin Freeman (Sherlock); Allison Tolman; Bob Odenkirk (Saul Goodman en Breaking Bad); Keith Carradine; Colin Hanks y el resto de actores mas o menos conocidos y secundarios. Todos se aplicaron en imitar el acento de Minnesotta, estado fronterizo con Canadá y poblado por europeos occidentales y amerindios sioux en su mayor parte. A Martin Freeman le costó más por ser de origen inglés. Si disfrutaste la cinta de los hermanos Coen, no te la pierdas.

Fargo 2 Esplendor en la nieve

Brutal y salvaje. Muy salvaje, asi es Fargo, la segunda. Como la primera.

Estamos en 1979, Ronald Reagan da un discurso de campaña en Luverne, Dakota del Norte. Una peluquera insensata y atraída por el cambio y la autorealización, doctrinas que hicieron negocio en los 70, atropella a un peatón en La cabaña del gofre y desata una guerra a muerte entre una corporación de Kansas y una familia mafiosa. Un efecto mariposa sangriento y pegajoso.

Como en cualquier tragedia griega que se precie, hay una reina madre en ausencia del rey postrado por una apoplejía. Hijos queriendo heredar la corona y nietos buscando su lugar en el mundo. Enfrente una hermandad sin alma, una maquinaria engrasada y preparada para conquistar ese imperio con el menor gasto posible de recursos humanos. Por supuesto, hay una traidora, una adolescente rebelde y algo casquivana que como dice:”a veces una chica solo quiere correrse”. Y enfrente de todos ellos, un policía metódico y desconfiado veterano de la guerra de Vietnam. Como su antagonista, el lacónico indio ex-marine dueño de un corazón púrpura y otras medallas que se carga gente como si fueran patitos en una caseta de tiro al blanco.

Todos los personajes han sido dibujados con maestría, caricaturizados algunos y sin embargo creíbles, del gangster filósofo al abogado extrovertido, del policía fanfarrón al vendedor de humo acuciado por las deudas. El ambiente de la epoca reflejado al detalle, basta fijarse en el cartel de la gasolinera con un platillo volante y encima un We are not alone, otra fantasía la de los ovnis que también hizo carrera en los 70 y ha llegado hasta hoy, de hecho hay gente que gracias a los platillos, llena su plato de comida caliente cada día.

De fondo una banda sonora casi perfecta que arranca con una nana, Go sleep little babe, sigue con Fleetwood Mac y pasa por Run trough the jungle de los Credence, Danny Boy, Jethro Tull (Locomotive breath) y Fats Domino (Kansas City) o Kenny Rogers entre otros.

De Bemidji a Luverne, un viaje a través de paisajes helados que nadie en sus cabales debería perderse. Dos viajes para ser precisos.