Fargo 2 Esplendor en la nieve

Brutal y salvaje. Muy salvaje, asi es Fargo, la segunda. Como la primera.

Estamos en 1979, Ronald Reagan da un discurso de campaña en Luverne, Dakota del Norte. Una peluquera insensata y atraída por el cambio y la autorealización, doctrinas que hicieron negocio en los 70, atropella a un peatón en La cabaña del gofre y desata una guerra a muerte entre una corporación de Kansas y una familia mafiosa. Un efecto mariposa sangriento y pegajoso.

Como en cualquier tragedia griega que se precie, hay una reina madre en ausencia del rey postrado por una apoplejía. Hijos queriendo heredar la corona y nietos buscando su lugar en el mundo. Enfrente una hermandad sin alma, una maquinaria engrasada y preparada para conquistar ese imperio con el menor gasto posible de recursos humanos. Por supuesto, hay una traidora, una adolescente rebelde y algo casquivana que como dice:”a veces una chica solo quiere correrse”. Y enfrente de todos ellos, un policía metódico y desconfiado veterano de la guerra de Vietnam. Como su antagonista, el lacónico indio ex-marine dueño de un corazón púrpura y otras medallas que se carga gente como si fueran patitos en una caseta de tiro al blanco.

Todos los personajes han sido dibujados con maestría, caricaturizados algunos y sin embargo creíbles, del gangster filósofo al abogado extrovertido, del policía fanfarrón al vendedor de humo acuciado por las deudas. El ambiente de la epoca reflejado al detalle, basta fijarse en el cartel de la gasolinera con un platillo volante y encima un We are not alone, otra fantasía la de los ovnis que también hizo carrera en los 70 y ha llegado hasta hoy, de hecho hay gente que gracias a los platillos, llena su plato de comida caliente cada día.

De fondo una banda sonora casi perfecta que arranca con una nana, Go sleep little babe, sigue con Fleetwood Mac y pasa por Run trough the jungle de los Credence, Danny Boy, Jethro Tull (Locomotive breath) y Fats Domino (Kansas City) o Kenny Rogers entre otros.

De Bemidji a Luverne, un viaje a través de paisajes helados que nadie en sus cabales debería perderse. Dos viajes para ser precisos.

El pensamiento ñoño

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Hay toda una generación que llegó a Internet sin instrucción, que nunca estudió filosofía ni leyó libros, que ante cualquier duda acude a wikipedia como consultor de cabecera. Una generación a la que resulta fácil dar gato por liebre. Una generación que adora a Jodorovsky, ese fatuo que fue un buen guionista, que trabajó con Jean Claude Carriere, con Moebius y que un día cayó en la cuenta de que la charlatanería da mas dinero. Personas aparentemente sin taras que se dejan abducir por frases redondas bien enmarcadas y coloreadas que simulan pensamientos profundos, aunque en realidad contienen obviedades de a céntimo la docena. «Un camino de mil millas comienza con un paso». Nos ha jodido Benjamín Franklin ¿se te ocurrió a ti solo? Dice Paulo Coelho, un presunto escritor que parece tener recetas para cualquier congoja, que «Si tienes un sueño, TODO el universo conspira para que lo consigas». Ya. Puedo intuir los sueños que acompañan a los millones de refugiados que viven en tiendas de campaña en zonas desérticas, tan lejos de cualquier mensaje motivador de estos sabios de la autoayuda como si vivieran en otro planeta. Imagino que los niños famélicos de Etiopía sueñan cada noche -si el estomago vacío les permite dormir- con cuencos rebosantes de arroz, aves asadas, frutas, seguramente en sus hambrientas pesadillas ven ríos de aguas apetecibles y transparentes  pero a la mañana siguiente, ni el universo, ni dios, ni la ONU ni la FAO han conspirado para traerle el desayuno. ¿Que soñaran en Swazilandia, con una esperanza de vida en torno a los cuarenta años y en el que el treinta por ciento de la población está infectado por el virus del SIDA?
Coelho, Bucay y compañía saben a quien sacarle los cuartos, que tipo de inválidos mentales necesitan de sus muletas para caminar. Amas y amos de casa del primer mundo, aburridos en su vida de extrarradio,  nevera abarrotada y par de coches en el garaje, siempre al borde de la depresión porque no saben que hacer con sus vidas. Necesitan que alguien les anime y les diga ¡carpe diem! Pero no puedes levantarte cada día pensando que es el último, esa intensidad no la soporta nadie. La vida está hecha de contrastes. Los días buenos son tan importantes como los malos, dormir es tan trascendental como estar despierto, llorar es tan valioso como reír. Uno no puede estar siempre optimista, disfrutemos cada segundo, tu vida es irrepetible, quierete para que te quieran, cada día nacemos de nuevo…una vida es una vida y se vive como se puede, no como se quiere, ya se encarga ella de enseñarte como es la cosa. Puedes estar comiendo la mejor langosta del mundo en un chiringuito del Caribe, en bañador, los pies descalzos masajeados por arena de coral, la cerveza tan helada que la botella suda, el sonido de las olas acariciando la playa, cuando de repente un retortijón te apuñala, te dobla por la mitad, corres al váter y devolverás al mundo la misma deposición apestosa de siempre. Lo que digo, la naturaleza se encarga de recordarte de que estas hecho y que, como los electrodomésticos, tienes tu obsolescencia programada.

No se si me entiendes, claro que uno querría estar con una sonrisa estúpida en la boca el mayor tiempo posible,  pero a veces la almorrana duele y sangra, tienes que ir al oculista a graduarte las gafas porque no ves un pijo, el espejo te devuelve una frente cada vez mas amplia y has dejado de necesitar el peine, tu instrumento no se afina tan a menudo como antes…«Primum vivere deinde philosophare» decía Seneca. Aunque una cosa es la filosofía, que intenta probar y demostrar algo antes de darlo por cierto y otra idear proverbios que simulen tener un  razonamiento detrás, cuando en realidad sólo hay un pensamiento ñoño que quiere convencernos de que si piensas en cosas buenas y positivas, solo te ocurrirán cosas buenas y positivas. El esoterismo, la magia, el misticismo, salen de un afán de  explicar la vida en términos fácilmente entendibles para cualquiera. Los filósofos, en cambio, reflexionan y argumentan, no se basan en la superchería. Juro que hace poco en casa de unos conocidos vi que tenían en una alacena unos frascos con agua etiquetados con estados de animo como felicidad, bienestar, suerte. Según ellos, la etiqueta transmite al agua la cualidad -no me explicó como, si por ósmosis o por proximidad- y al beberla, pasa a ti. Así conseguirás alegría, vitalidad, salud. ¿Como personas con estudios superiores pueden tragarse tamaños fraudes? Porque el pensamiento ñoño da mucha tranquilidad, no hay nada que explicar porque no tiene explicación, es así y punto. Al fin y al cabo, esas frasecitas me están hablando a mi, me están diciendo que me levante del sofá, que la vida está ahí fuera: el amor, la amistad, la fortuna, el éxito, solo esperan a que yo salga y le sonría a la vida. Pero, joder, si es que estoy muy agusto comodamente sentado leyendo una novela, pa qué cojones me voy a mover ni salir a la calle. Sal tu y ya me cuentas.

BICHONARIO

 

Luciérbula:

La luciérbula es un coleóptero noctámbulo rutinario. Su hábitat natural son las discotecas. Se sienten irresistiblemente atraídas por la luz estroboscópica, bajo la cual despliegan sus armas para el cortejo: ropas ceñidas y brillantes, danzas sinuosas, minifaldas y botas altas. Suelen llevar el pelo de colores y adornar su cuerpo con dibujos indelebles de variada temática llamados tatuajes y alfileres de acero clavados por todas partes, ombligo, cejas, labios, nariz e incluso en la lengua.

Disolutos, su percepción se ve alterada a menudo por la ingestión de productos químicos formados por carbono, hidrógeno y oxígeno en diferentes valencias, llamados drogas. Individualistas, aman sin embargo la uniformidad y el anonimato de la multitud sudorosa de las salas de baile. Y la música monótona y sincopada a todo volumen.

De lenguaje primario, casi monosilábico, bajo ningún concepto usan esdrújulas.

Refractarias a la autoridad y a los ejemplares adultos, su vida libertina acaba muy rápido, en cuanto se reproducen y empiezan a criar una nueva luciérbula.

El ejemplar masculino de este animal es parecido a la hembra pero más simple y con la facultad de quedar hechizado con facilidad por la luciérbula.

 

 

Atuna:

Pez estentóreo muy común en España, de entre 160 y 180 centímetros, de cuerpo generalmente negro ribeteado de cintas de vistosos colores. De hábitos gregarios, viajan en grupo al mando de un bufón saltarín con pandereta. Atacan sin mediar provocación ni ofensa previa cantando Clavelitos o Triste y sola se queda Fonseca. Su hábitat primordial son las universidades, sin que se sepa con seguridad si acaban o no alguna carrera. Con los años echan canas, barriga o se quedan calvos, pero siguen siendo estudiantes. También frecuentan tabernas y figones, en los que fuman, beben, comen y juegan al mus como cosacos; eso sí, siempre de gorra.

Algunos zoólogos hablan de grupos similares en America central y del sur. De carne correosa, se desaconseja su consumo prolongado, ya que puede provocar idiocia, una profunda deficiencia de las facultades mentales.

 

Librelula:

Ninfa alada y sin ataduras frecuente en Internet. Cibernauta compulsiva, alterna por blogs, foros y comunidades en los cuales desarrolla su otro yo:

 El de una joven hermosa y de ropajes exiguos en sensual pose, arrodillada a la vera de un lago o bajo las estrellas de un cielo de verano. También suelen engalanar sus entradas en la red con rosas, corazones y cenefas de vivos colores. Adictas al galanteo, lloran con facilidad ante la lectura de pretenciosos poemas de amor. Siempre dispuestas a prestar su hombro al llanto de cuanto desconocido sensible contacte con ellas, gustan de los mensajes positivistas y de autoayuda de Bucay y Coelho. Extremadamente susceptibles y carentes de sentido del humor, no entienden la ironía ni el sarcasmo y las indirectas les causan perplejidad.

Abstenerse alérgicos a la literatura cursi. Su cercanía física puede producir sarpullido y visitar su espacio a menudo un exceso de azúcar en sangre.

  

Que fue de…?

LAS 4 DE LA MAÑANA

Sam Spade

Son las cuatro de la mañana, la ciudad duerme, y yo aquí sentado en la penumbra, con mi insomnio a cuestas. Tal vez en Lexington con la quinta las putas de quince pavos y sus chulos discuten y fuman. Yo mismo debería estar en un bar fumando y bebiendo. Un Cutty Shark con hielo, en vaso largo. Nunca pensé que este condenado pajarraco de plomo me traería tantos problemas. El halcón maltés, hay que joderse con la leyenda. Y ahí sigue, mirándome con esos ojos vacíos, pero cargados de avaricia. De buena gana me tomaba un sorbo, pero en alcohólicos anónimos no estarían muy contentos y yo mañana tampoco. Aún recuerdo mi última desintoxicación, las noches en vela, los delirios. Y cuando consigo dormir, esa maldita pesadilla que se repite una y otra vez. Voy caminando, sin detenerme, bordeando precipicios, sorteando barrancos, deambulando por tejados y cornisas, hasta caer y caer en el vacío. Antes de despertar de esta alucinación, estoy en un bar, borracho. Es este condenado trabajo. Todo el día husmeando en cuartos de hotel mugrientos y malolientes. El hombre invisible que espía detrás de las ventanas los pecados ajenos, y los míos ¿ que hago con ellos?. Resolviendo enigmas como quien ensambla las piezas de un rompecabezas. Escrutando hasta el mínimo detalle. Para al final ver que nadie queda satisfecho con mis pesquisas. Creo que voy a tomar un trago…

 

GREGORIO SAMSA

Mi vida como cucaracha.

Cuando salí de casa de mis padres, buscando la libertad, anduve perdido durante un tiempo, no encontraba mi lugar en el mundo, y me ví atrapado sin querer en una plaga de bichos carroñeros como yo, palpando con mis apéndices en busca de restos de banquetes. A eso me he visto abocado, al festín de los condenados, a las migajas del convite. Así llegué a una cocina del barrio chino, entre gritos en mandarín y olor agridulce a salsa de soja. Allí necesitabas cinco ojos, porque las ratas acechaban entre la lechuga prestas a despojarte de tu almuerzo y convertirte en el suyo. También había que ser habilidoso esquivando los machetes de los cocineros. Se que eran chinos por el idioma. Los chinos hablan chino, los coreanos, coreano y los vietnamitas, vietnamita. Es el único modo de discernir entre unos y otros, por el habla.

Un día que me dormí me gasearon con insecticida, pesqué un grave acceso de tos que a punto estuvo de terminar en un enfisema, pasé un tiempo en el hospital atado a una bombona de oxigeno. El doctor me recomendó ir al campo a recuperarme, allí conocí a una oruga de la que me enamoré locamente. Pero como buena procesionaria del pino, nunca nos veíamos a solas, y además se pasaba el día rezando rosarios y recorriendo vía crucis, y de sexo nada de nada, nasti de plasti.

Al fin recibí una oferta que no pude rechazar, una colonia de hormigas rojas me invitó a pasar un fin de semana a cuerpo de rey, gratis total, todo por prestarles mis antenas para captar la señal del satélite y ver el partido del siglo. Para comer había de todo, gusanitos, oruguitas, pipas, capullos, crisálidas…me dí un atracón. Eructé y quedé amodorrado. Al despertar de la siesta e ir a desperezarme, me noto inmovilizado. Estas perversas trabajadoras me habían volteado y estaban atandome con pegajosas hebras para que no pudiera huir, mientras me pican inmisericordes para inocularme su veneno y yo me voy quedando traspuesto, intoxicado…

 

Mala suerte

MALA SUERTE

Su vida era tan absurda que cuando intentó suicidarse, la bala le rebotó en la sien. Quedó aturdido, antes de desmayarse recordó que había leído una vez que un arma calibre veintidós solía fallar y no era recomendable para matarse. Pero este era el sino de su vida. Hijo de viuda, enseguida empezaron a llamarle hijo de puta y a tirarle piedras y latas con los bordes oxidados, de tal modo que en una de aquellas pescó el tétanos. A resultas del cual pasó un tiempo en el hospital entre la vida y la muerte. Y no fue la última vez, por todo tipo de causas, desde unas fiebres tifoideas a un lavado de estómago, se convirtió en paciente habitual. El no quería saber de que vivía su madre, que no parecía trabajar, pero tenía muchos amigos y mantenía la nevera llena, hasta que un día se largó con un camionero de Ciudad Real, y el frigorifico empezó a vaciarse a toda velocidad, de modo que acabó en un centro de acogida, donde sobrevivió como pudo hasta los dieciocho. A esa edad consiguió un trabajo de mozo de almacén, descargando paquetes para unos colombianos. Un dia llegó la policía y detuvo a todo el mundo. Resultó que era una empresa tapadera y las cajas contenían cocaína. A pesar de no tener nada que ver, le obsequiaron con unas largas vacaciones pagadas en una carcel, seis años y un día, que aprovechó para licenciarse en vagancia y gandulería. Aunque repitió un curso, consiguió el diploma de gandul redomado. Al salir de la trena, tiró por la calle de en medio, y al ser la más transitada, le atropellaron. De nuevo en el hospital, ocho meses escayolado hasta las cejas. Tras la rehabilitación, consiguió trabajo de limpiador en un gimnasio, un lugar cuando menos turbio, con olor a choto y a linimento, donde una colonia de hongos que había en las duchas le invadieron, dejándole en la calle en cuanto los jefes se percataron de que su cuerpo se había plagado de champiñones.

Entonces contactó con unos amigos de prisión y se enroló en una banda de ladrones de enanos de jardín, pero no tenían mucha salida y acabó llenando el cuarto del hostal con ellos, hasta que la patrona se hartó y le echó a la calle; fue mejor, porque había empezado a hablar con ellos, y hasta un día creyó que le contestaban…

Tras ver pasar toda su vida por delante, como dicen que les sucede a los que van a morir, se murió. Aunque no le había atravesado el cráneo, la bala le había provocado una hemorragia cerebral. Mala suerte, dijo el forense, un par de milímetros a la izquierda y se habría salvado. Quizás no tenía tan mala suerte después de todo.